Obama and Europe?s vanities

What Obama wants from Europe is a solid partner in a multipolar world, not 27 photo opportunities

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

Last July, when Senator Obama came to Europe, he was wildly acclaimed like a rock star by 200.000 Berliners. Since then, a huge financial crisis has swept away millions of jobs and placed a stifling responsibility on his presidency. In politics, victories are as fleeting as they are sweet, and reality has a tendency to be obstinate and bitter – one night of celebration, four years of sleepless nights.

This week, Obama comes to Europe as President to attend a number of Summits crucial to establishing just to what extent Europe is prepared to stand shoulder to shoulder with Washington in this new phase. This time, instead of screaming crowds, an alphabet soup of meetings with the G-20, NATO and EU and their constituent countries await the President. Everybody wants their photo taken with Obama, so competition will be fierce. Gordon Brown will play host in London, desperate to put Britain’s’ former global financial centre – whose private banks have all but folded – back on the map. Sarkozy is aiming to take Obama for a stroll along Normandy’s beaches, and so cash in on France’s return to the NATO military structure, a decision which has shaken the foundations of French national identity. Meanwhile, Zapatero is eager to whisk Obama off to Turkey so he can give his blessing to the Alliance of Civilizations, under the auspices of Turkish Prime Minister, Islamist Erodgan, thus demonstrating to the Muslim world that the Bush era is well and truly over.

Things have certainly changed considerably over the last few months. Who could have imagined, for example, that the US would ever have demanded higher public spending from Europe? Or even more fanciful still, that Europe would have held back from more national debt? Nor could anybody have expected France to put De Gaulle away with all the other national heirlooms. There are sufficient reasons, then, to expect a fundamental change in transatlantic relations.

But let’s not get carried away either. The two Bush mandates have proved so harmful that we’ve all but forgotten our recent past. Europe completely bungled eight years of an entirely pro-European Administration like the Clinton terms in office. On top of it all, back then China wasn’t even competing for Washington’s attention, Russia had a completely different attitude to Europe, and the European Union, exultant after reunification, consisted of only twelve member states. Even still, “Europe’s hour”, as it was hailed at the time, ran slap-bang into the wall of civil war in Yugoslavia, where Europe proved incapable of stopping the bloodshed, year after year, until Clinton decided on military intervention, forcing Belgrade to the peace table.

So, there are plenty of reasons to be prudent. We Europeans seem to have a special knack for letting golden opportunities slip through our fingers, something confirmed by the most recent example of Czech humour in the shape of a full-blown government crisis in the middle of the European presidency. Besides, today, unlike the nineteen nineties, Europe has twenty seven member States with increasingly irreconcilable visions and interests, a Treaty which French, Dutch, and latterly Irish voters have put on the backburner, and finally, deep divisions about just how we extricate ourselves from this recession.

Seen from the United States, Europe looks like a problem solved, and in a highly satisfactory way too. Now the time has come to see whether Europe wants to be part of the solution to other problems, or whether it’s happy just taking a back seat. Europeans need to realise that our foreign policy can’t be a mere rollercoaster ride in reaction to US policy, unconditionally lining up behind it one minute, subjecting it to a barrage of  criticism the next. The United States and Europe share many things, probably more than any other two parts of the world, but that doesn’t mean we shouldn’t have differences. The strength of our foreign policy should not be measured by the degree of internal agreement or division with respect to what the Americans do in the international arena (from Iraq or Afghanistan, to the anti-missile shield) but our capacity to make our principles and interests count, backing them up with our economic – and, why not? – military power too if needs be. 

The big temptation this week is that things slide into a vanity fair of the nations. But the United States has no interest in 27 photos for the mantelpiece, but instead wants one reliable, capable partner. Europe is important to the United States, but in the final analysis, surplus to requirements when it comes to striking a deal with China, or even Russia and, of course, other emergent global actors like Brazil or India. Everybody is convinced the twenty first century will be multi-polar world; what is less clear is whether one of those poles will be European. [email protected]

This article was published in El País on 30 March 2009. 

(English Translation)

Translated from Spanish by Douglas Wilson

Obama va de feria

En julio del año pasado, el senador Obama se dio un baño de masas ante más de 200.000 berlineses que le aclamaron como a una estrella de rock. Desde entonces, una enorme crisis financiera se ha llevado por delante millones de empleos y situado su presidencia bajo una responsabilidad asfixiante. En política, las victorias son tan dulces como efímeras y la realidad tan tozuda como amarga: una noche de celebración, cuatro años de desvelos.

Obama viene a Europa esta semana, ahora como presidente, para participar en una serie de cumbres cruciales para dilucidar hasta dónde está Europa dispuesta a acompañar a Washington en esta nueva etapa. Esta vez, el baño se lo dará en la complicada sopa de letras y países que forman el G-20, la OTAN y la UE. Todos quieren hacerse la foto con Obama, así que la competencia va a ser feroz. Brown hará de anfitrión en Londres, desesperado por volver a situar en el mapa un país que solía ser un centro financiero pero cuya banca privada ha dejado de existir. Sarkozy quiere pasearlo por las playas de Normandía y así cobrarse una vuelta a la estructura militar de la OTAN que ha sacudido los cimientos de la identidad nacional francesa. Y mientras, Zapatero quiere llevárselo a Turquía para que, a costa de dejar claro al mundo musulmán que la era Bush ha acabado, apadrine la Alianza de Civilizaciones de la mano del primer ministro turco, el islamista Erdogan.

Ciertamente, las cosas han cambiado mucho en los últimos meses. Nunca hubiéramos imaginado, por ejemplo, que Estados Unidos iba a exigir a los europeos que elevaran su gasto público. Y, menos aún, que éstos se resistieran a endeudarse más aún. Tampoco que Francia fuera a mandar a De Gaulle al trastero. Hay pues motivos para esperar un cambio fundamental en las relaciones transatlánticas.

Pero tampoco conviene exagerar. Los dos mandatos de Bush han sido tan nocivos que hemos olvidado nuestro pasado más reciente. Europa echó a perder ocho años de un presidente como Clinton, cuya Administración era sumamente pro europea. Además, entonces no había una China compitiendo por la atención de Washington, Rusia estaba en una actitud completamente distinta hacia Europa y la Unión Europea, exultante tras la reunificación, sólo tenía 12 miembros. Y aun así, “la hora de Europa”, como se reclamó entonces, se estrelló contra el muro de la guerra civil en Yugoslavia, donde año tras año los europeos fueron incapaces de parar la carnicería, hasta que Clinton decidió intervenir militarmente y forzar a Belgrado a un acuerdo de paz.

Hay razones, pues, para ser prudente. Como se ha confirmado con la ocurrencia checa de provocar una crisis de gobierno en mitad de una presidencia europea, los europeos tenemos una fantástica capacidad de dejar pasar oportunidades clave. Hoy, además, a diferencia de los noventa, Europa tiene 27 miembros con visiones e intereses cada vez más difíciles de reconciliar entre sí, un tratado puesto en el congelador, primero por los votantes franceses y holandeses y luego por los irlandeses, y finalmente, una profunda división en torno a las recetas para salir de la crisis.

Desde Estados Unidos, Europa se ve como un problema solucionado, y de forma muy satisfactoria. Toca ahora ver si Europa quiere ser parte de la solución de otros problemas o simplemente conformarse con un papel secundario. Los europeos deben tomar conciencia de que su política exterior tiene que ser algo más que un vaivén entre la crítica permanente o el seguidismo incondicional de la política exterior estadounidense. Estados Unidos y Europa comparten muchas cosas, seguramente más que nadie en el mundo, pero eso no significa que no tengan o deban tener diferencias. La fortaleza de nuestra política exterior no debe pues medirse por nuestro grado de acuerdo interno o división respecto a lo que Estados Unidos hace en el mundo (desde Irak o Afganistán hasta el escudo antimisiles) sino por la capacidad de hacer valer nuestros principios e intereses y respaldarlos con nuestro poder económico y, por qué no, militar.

Existe una evidente tentación de que esta semana se convierta en una enorme feria de las vanidades nacionales. Pero Estados Unidos no está interesado en tener 27 fotos en el escritorio, sino un socio fiable y capaz. Europa es importante para Estados Unidos, pero en último extremo prescindible a la hora de lograr un acuerdo con China, o incluso con Rusia y, por supuesto, con otros actores globales emergentes como Brasil o India. Todos estamos convencidos de que el mundo del siglo XXI será multipolar: lo que no tenemos tan claro es si en ese mundo multipolar habrá un polo europeo.

Publicado en El País el 30 de marzo de 2009

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Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

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