No easy solution for hunger

African farmers need seeds and fertilizers - and Governments that work

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

Hunger in the world, we are told, has a very simple solution. Money must be given to farmers in poor countries to acquire seeds, fertilizers and machinery with which to produce more food. Once the urgent problems (hunger and malnutrition) are solved, surpluses will enable poor families to send their children to school, visit the doctor when necessary and have access to drinking water. Nourishment, Elath and education are as simple as that.

And the rich countries are beginning to cough up money. In the recent G8 summit held in L’Aquila, Italy, they promised to give $20 billion for small farms in the poorest countries.

The plan consists of centralizing all the funds in a single international institution, and asking applicant governments how they will use the aid. Then a group of experts will examine the plans and grant the aid. Later there will be an audit to determine the impact and use of the funds. In the words of the economist Jeffrey Sachs, “this method is simple, efficient, responsible and scientifically solid.”

Such, at least, is the received wisdom on development.

But many consider that this vision of development – as a mere transfer of funds – perfectly exemplifies why decades of aid have achieved such poor res ults. Until not long ago, criticism of aid policies came mainly from controversial economists such as William Easterly (see The White Man’s Burden) who argue that development cannot be imposed from above (that is, from the outside) but must take place from the bottom up (that is, from within).

That a white male Harvard economist was skeptical about the effects of development programs was predictable enough. But the fact that a Zambian woman, Dambisa Moyo, has joined the chorus of voices calling for thorough reconsideration of the underlying conception of development policies, is hard to ignore. Her book DeadAid, though somewhat extreme in asserting that aid is not only useless but in fact tends to aggravate the problems of Africa, does have the great virtue of provoking debate at a time when the donor community is feeling the effectsof fatigue, and public opinion is confusedand bewildered by the contrast between the huge sums and dramatic rhetoric of international summits and the stubborn reality when it comes to results on the ground.

Easterly, Moyo and others criticize international aid organizations as inefficient bureaucracies, and wonder why reputed economists trust that fiveyear plans and centralized planning of a sort they would never apply in their own societies are going to function elsewhere. They also point out that the governments of many of these countries, which are technically incompetent if not politically corrupt, are part of the problem, not of the solution. To think that the governments of these countries, where the state is fragile or even non-existent, are capable of preparing and implementing development plans, is illusory, they conclude.

These are observations that deserve discussion, and remind one of Ryszard Kapuscinski’s amazement, as recorded in his wonderful book on Ethiopia (The Emperor), when the authorities show their annoyance at the international obsession with hunger in their country and refuse to open the state grain silos, arguing that “in this country there has always been hunger.”

To put an end to poverty is not so nearly within our reach as we would like. If the prsistence of hunger in the world shows anything, it is that great problems do not have simple solutions, and that poverty is more than the absence of money. African farmers need seeds and fertilizers, indeed; but they also need a functional public administration, a national market, highways, a financial system, courts, technical knowledge, and a whole lot of other things that are not easy to purchase, even with money. [email protected]

This article was published in El País English Edition on 8 September 2009.

(English Translation)

Hambre para rato

El hambre en el mundo tiene una muy sencilla solución. Simplemente se requiere dar dinero a los agricultores de los países pobres para que puedan adquirir semillas, fertilizantes y maquinaria con las que producir más alimentos. Una vez solucionados los problemas urgentes (el hambre y la malnutrición), los ingresos derivados de los excedentes que sin duda se producirían servirían para que las familias pobres pudieran enviar a los niños a la escuela, ir al médico cuando fuera necesario y tener acceso a agua potable. Lograr que la población esté bien nutrida, sana y educada es tan sencillo como eso.

El problema es que no hay voluntad política: mientras los países ricos, henchidos de egoísmo, se resistan a dar el dinero necesario, las cosas seguirán así. Por eso, la presión popular, canalizada por medio de cantantes famosos y otros activistas, es importante. Gracias a este tipo de iniciativas, los países ricos se están comenzando a rascar el bolsillo: en la última cumbre del G-8 celebrada en L’Aquila se comprometieron a donar 20.000 millones de dólares para las pequeñas explotaciones agrícolas de los países más pobres.

El plan consiste en centralizar todos los fondos en una única institución internacional y pedir a los Gobiernos que presenten planes describiendo cómo utilizarían la ayuda. A continuación, un grupo de expertos examinaría los planes y concedería las ayudas basándose en criterios científico-técnicos. Posteriormente se llevaría a cabo una auditoria para determinar el empleo e impacto de los fondos. Como resume uno de los defensores del plan, el economista Jeffrey Sachs: “este método es sencillo, eficiente, responsable y científicamente sólido” (Oportunidad para el pequeño agricultor, EL PAÍS, 23 de agosto de 2009).

Pero a decir de muchos, esta visión del desarrollo como un mero transvase de fondos desde donde los hay a donde no los hay ejemplifica perfectamente por qué décadas de ayuda han conseguido tan escasos resultados. Hasta fechas recientes, la crítica a estas políticas de ayuda provenía de algunos economistas polémicos como William Easterly (véase La Carga del Hombre Blanco), que sostenían que el desarrollo no podía imponerse de arriba abajo (es decir, desde fuera) sino que sólo se produciría si tenía lugar de abajo arriba (es decir, desde dentro). Que un economista varón, blanco, estadounidense y de Harvard se mostrara escéptico no dejaba de resultar previsible. Pero que una mujer zambiana, Dambisa Moyo, se sumara al coro de voces que piden revisar a fondo la concepción subyacente en las políticas del desarrollo ha resultado difícil de ignorar. Su libro Muerte a la ayuda, aunque algo extremo al afirmar que la ayuda no sólo es inútil sino que en realidad está contribuyendo a agravar los problemas de África, ha tenido la gran virtud de hacer inevitable un debate en un momento en que la comunidad de donantes sufre fatiga y la opinión pública se halla confundida, cuando no mareada, por el contraste entre, por un lado, las cifras que manejan las cumbres internacionales y el dramatismo de la retórica que destilan y, por otro, una realidad tozuda a la hora de producir resultados.

Easterly, Moyo y otros critican a las organizaciones de ayuda internacional como burocracias ineficientes y, en particular, muestran su extrañeza de que reputados economistas confíen en que los planes quinquenales y el tipo de planificación centralizada que jamás aplicarían en sus propias sociedades vayan a funcionar en otros países. Advierten, también, de que los Gobiernos de muchos de estos países, incompetentes técnicamente cuando no corruptos políticamente, son el problema, no la solución a la pobreza y el hambre. Pensar que los Gobiernos de estos países, donde el Estado es frágil cuando no inexistente, están capacitados para elaborar e implantar este tipo de planes es ilusorio, concluyen.

Se trata de observaciones que merece la pena discutir y que hacen recordar la sorpresa que se lleva el genial Ryszard Kapuscinski en su impactante libro sobre Etiopía (El Emperador) cuando las autoridades del país se extrañan de la obsesión internacional con el hambre en su país y se niegan a abrir los silos de grano estatales argumentando que “en este país siempre ha habido hambre”.

Acabar con la pobreza no está tan al alcance de nuestra mano como quisiéramos. Si algo demuestra la persistencia del hambre en el mundo es que los grandes problemas no tienen soluciones sencillas y que la pobreza es algo más que la ausencia de dinero. Los agricultores africanos necesitan semillas y fertilizantes, sí, pero también una administración pública que funcione, un mercado nacional, carreteras, un sistema financiero, tribunales, conocimientos técnicos y un largo etcétera de cosas que no son fáciles de comprar, ni siquiera con dinero.

Publicado en El País el 7 de Setiembre de 2009.

 

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Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow