An ugly face of Europe

Closing itself to immigration will not solve Europe's problems, and it will impair its attractiveness as a model open society. An op-ed in Spanish and English.

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

This article was originally published in Spanish in El PAIS on 26-05-2008

The Europe which lingers in the air these days over the charred remains of the gypsy camps on the outskirts of Naples is an ugly Europe, one in flagrant contradiction to the principles and values which supposedly unite us and which have taken shape in the Treaty of Lisbon which we are preparing to ratify and implement. The first symptoms of economic slowdown is all it has taken for the same Europe which never misses an opportunity to proclaim its values around the world, which constantly moralises, preaching democracy and human rights wherever it goes, and even threatens to impose humanitarian aid on endangered populations thousands of miles away by force, to quickly bolt the doors of its borders, refusing to reduce and even increasing detention periods for irregular immigrants, modifying laws to make immigration a punishable crime, or increasingly calling for the suspension of the free movement of people, a cornerstone of the common European home. 

That being said, the causes of this xenophobia should be not sought so much in the economic slowdown as in a moral crisis manufactured by populist leaders who have turned immigration into the flagship of a political discourse devoid of real solutions to people’s problems. As a majority of European governments lurch to the centre right, with political parties hypnotized by immigration’s electoral impact, and with a political agenda obsessively centered on security, the prospective common immigration policy beyond that of mere policing with which it seemed Europe was finally going to endow itself, has also largely gone up in smoke. In contrast to a very necessary immigration policy which emphasizes solidarity and integration in Europe on the one hand, and cooperation with countries of transit and origin on the other, we are faced with a policy which is increasingly committed to arresting, identifying and deporting those who arrive on our shores, and of criminalising and persecuting those already amongst us. 

Making immigration a punishable crime, raising detention periods and prohibiting re-admission into a country for five years, which is what Italy aims to do, not only amounts to unjustly criminalising and locking away vulnerable people, in many cases with minors in their care, but indeed lays the groundwork for the controlled demolition of European asylum policies, so crucial to the well being of people who have fled countries where human rights are systematically abused. Yet another example of the bluntness of the populism which has swept Italy recently is the ignorance that the gypsies of Rumanian origin are EU citizens, which thankfully rules out their detention or any re-admission restrictions, measures which have been contemplated against them.  

In defense of European institutions, it is worth making the point that the directive which led to the controversy of the last few days, dating back to 2005, was not meant to facilitate deportations, legislation already being in force which allows for rapid expulsions on security grounds, which is to say, for those who have committed criminal offenses, but instead was aimed at harmonising policies of return, equipping them with more safeguards and, in short, making them more efficient and transparent. It is also only fair to point out that xenophobia and racism are latent or openly on display in all member states, not just in Italy.

To go no further than Spain, incidents in El Ejido a few years ago showed us in all their harshness what happens when the state buries its head in the sand regarding immigration and integration obligations. But Spain, which has learned from its mistakes and has put intelligent immigration policies into place, finds itself more and more isolated in the European context. The Spanish government, which requires European policies that will deepen and complement those adopted at home, is swimming against the tide.

Europe likes to boast about its soft power, that appeal which a particular social model and life style exercises on other societies, leading to an enhanced legitimacy and greater acceptance of its policies. But this ugly, introverted and xenophobic Europe can hardly hope to play a positive role in the world, much less be a beacon of progress or inspiration for anybody else.

Translated for ECFR by Douglas Wilson

 La Europa más fea

La Europa que humea estos días en los rescoldos de los campamentos gitanos de Ponticelli, en las afueras de Nápoles, es una Europa fea, en abierta contradicción con los principios y valores que supuestamente nos unen y que hemos plasmado en el Tratado de Lisboa que todos nos aprestamos a ratificar y poner en marcha. Han bastado los primeros síntomas de crisis económica para que esta Europa, que no pierde ocasión de proclamar sus valores por el mundo, que constantemente imparte lecciones de moralidad, democracia y derechos humanos por doquier, e incluso amenaza con imponer por la fuerza la ayuda humanitaria a poblaciones en peligro a miles de kilómetros de distancia, corra rauda a echar el cerrojo en sus fronteras, negándose a reducir, o incluso ampliando, los períodos de detención de los inmigrantes irregulares, modificando los códigos penales para criminalizar la inmigración o llamando con cada vez más frecuencia a suspender los acuerdos de libre circulación de personas, clave de bóveda de la construcción europea.

Con todo, las causas de la xenofobia no deben buscarse en la crisis económica, sino en una crisis moral manufacturada por políticos populistas, que han hecho de la inmigración el buque insignia de un discurso político vacío de ideas sobre cómo resolver los problemas reales de los ciudadanos. Así, con una mayoría de Gobiernos europeos volcados hacia el centro-derecha, con partidos políticos hipnotizados por la conexión electoral de la inmigración y con una agenda política obsesivamente centrada en la seguridad, se difuminan en gran parte las perspectivas de que Europa se dote de una política de inmigración común que vaya más allá del mero ámbito policial. Frente a una muy necesaria política de inmigración, que enfatice, a este lado, la solidaridad y la integración, y del otro lado, la cooperación con los países emisores, nos encontramos con una política cada vez más volcada en el proceso de detención, identificación y deportación de los que llegan, y de criminalización y persecución de los que ya están entre nosotros.

Convertir la inmigración en un delito, elevar los periodos de detención y prohibir la entrada en el país durante un período de cinco años, como se pretende hacer en Italia, no sólo supone criminalizar y recluir injustamente a poblaciones vulnerables, en muchos casos con menores a su cargo, sino sentar las bases para una demolición controlada de las políticas europeas de asilo, cruciales para la seguridad de las personas provenientes de países donde se violan sistemáticamente los derechos humanos. Además, en una muestra más de la ineficacia del populismo que campa estos días en Italia, se ignora que los gitanos de origen rumano son, afortunadamente, ciudadanos comunitarios, lo que excluye que les puedan ser aplicadas medidas de detención o prohibición de retorno como las que se plantean.

En defensa de las instituciones europeas cabe argumentar que el objeto de la directiva que ha suscitado la polémica estos días, que data del año 2005, no era facilitar las expulsiones, puesto que la legislación vigente ya contempla las expulsiones rápidas por motivos de seguridad pública, es decir, para quienes hayan cometido delitos, sino armonizar las políticas de retorno, dotarlas de mayores garantías y, en definitiva, hacerlas más transparentes y eficaces. También en justicia, hay que decir que la xenofobia y el racismo están latentes, o manifiestos, en todos los Estados miembros, no sólo en Italia.

En España, sin ir más lejos, los incidentes de El Ejido mostraron hace unos años con toda crudeza lo que ocurre cuando el Estado se desentiende de sus obligaciones en política de inmigración e integración. Pero España, que ha aprendido de los errores y ha puesto en marcha unas políticas de inmigración inteligentes, se encuentra ahora cada vez más sola en el contexto europeo. El Gobierno español, que necesita políticas europeas que profundicen y complementen las políticas aquí adoptadas, rema contra corriente.

Europa gusta de presumir de poder blando, aquél basado en la atracción que un determinado modelo social y de vida ejerce sobre otras sociedades, lo que lleva a una mayor legitimidad y aceptación de sus políticas. Pero esta Europa fea, cerrada y xenófoba difícilmente puede desempeñar un papel positivo en el mundo ni ser un factor de progreso e inspiración para nadie.

 

The European Council on Foreign Relations does not take collective positions. ECFR publications only represent the views of its individual authors.

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Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

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