La revolución europea de Trump
Resumen
- Un nuevo sondeo del ECFR sugiere que Donald Trump está transformando las identidades políticas y geopolíticas no solo en Estados Unidos, sino también en Europa.
- La segunda presidencia de Trump está convirtiendo a la extrema derecha europea en la vanguardia continental de un proyecto revolucionario transnacional y a los partidos mayoritarios, en los nuevos soberanistas europeos.
- También está transformando las actitudes geopolíticas y acelerando el paso de un proyecto europeo de paz a un proyecto de guerra.
- Muchos europeos apoyan el aumento del gasto militar, el servicio militar obligatorio, la disuasión nuclear independiente y la defensa de Ucrania incluso aun cuando Estados Unidos la abandone.
- Sin embargo, también dudan de que Europa pueda alcanzar la autonomía estratégica con la suficiente rapidez y, por tanto, se inclinan por la cobertura. El servicio militar obligatorio es menos popular entre los jóvenes; el apoyo a Ucrania puede reflejar la reticencia a enfrentarse directamente a Rusia; muchos esperan que Estados Unidos vuelva después de Trump.
Libertad, inseguridad, imprevisibilidad
«Estamos en el proceso de una segunda revolución americana». Así lo afirmó Kevin Roberts, presidente de la Fundación Heritage. Las ideas políticas del think-tank trumpiano (sobre todo, desde educación y migración hasta sanidad y derechos humanos) han ayudado a dar forma al cambio sísmico que ha trastornado la política estadounidense. Pero la revolución de Trump, como las anteriores, no consiste simplemente en cambiar las políticas y las instituciones, sino la identidad del propio país. En solo seis meses, Estados Unidos ha pasado de defender la democracia liberal a promover el iliberalismo y el proteccionismo económico.
Esta transformación revolucionaria va mucho más allá de las fronteras de la nación. En ese sentido, no es solo una revolución estadounidense. También está remodelando Europa. Tal es la principal conclusión de un importante sondeo de opinión internacional encargado por el ECFR y realizado en mayo de 2025 en 12 países europeos, con una muestra global de 16 440 encuestados (metodología completa más abajo). Este documento recoge los resultados del estudio y los refuerza con las observaciones y análisis políticos de sus autores.
En resumen: el cambio revolucionario en Estados Unidos señala el colapso de los supuestos que han sustentado la seguridad europea durante décadas. La confianza en las garantías estadounidenses, la OTAN como alianza de democracias liberales, el fomento del libre comercio y el tabú contra el nacionalismo agresivo…: todo ello se está desmoronando. La nueva realidad es una crisis de la propia alianza, la creciente amenaza de una guerra comercial mundial y la inminente retirada de las tropas estadounidenses de Europa. Y, como muestran las encuestas del ECFR, esto está transformando a su vez la identidad política y geopolítica de Europa.
En primer lugar, la naturaleza de sus partidos políticos está cambiando. Las fuerzas de extrema derecha de Europa están pasando de ser autodenominadas defensoras de la soberanía nacional a convertirse en la vanguardia continental de un movimiento revolucionario transnacional, alineándose con el intento de Trump de rehacer el orden mundial. Al mismo tiempo, varios partidos de la corriente dominante (supuestamente más internacionalistas) parecen estar reformulándose como los nuevos soberanistas, defensores de la dignidad nacional frente a la interferencia ideológica de Washington.
En segundo lugar, la UE, que en su día fue un proyecto de paz, se está convirtiendo en un proyecto de guerra, un proceso desencadenado por la invasión a gran escala de Ucrania por Putin en 2022 y que ahora se está acelerando. Porcentajes significativos de la mayoría de las poblaciones encuestadas temen un empeoramiento del conflicto y están a favor de aumentar el gasto en defensa.
En tercer lugar, como muchas otras revoluciones, la europea de Trump está sacando a la luz ideas paradójicas y las tensiones entre ellas. Las encuestas de ECFR muestran que:
- Los europeos son escépticos sobre Trump, pero también están relativamente relajados sobre la fiabilidad de las garantías de seguridad estadounidenses y las relaciones transatlánticas posTrump.
- Dudan de la capacidad de su continente para valerse por sí mismo en materia de defensa, pero también están convencidos de que sus Gobiernos deben separarse de la política estadounidense sobre Ucrania.
Nuestra tesis es que las expectativas aparentemente optimistas de los europeos sobre el futuro de la relación transatlántica no se basan en la confianza en la benevolencia estadounidense, sino más bien en la desconfianza en las propias capacidades de su continente; y que su apoyo público a Ucrania se explica mejor como una política de emergencia para sustituir los «soldados sobre el terreno» en Europa por el poder de combate del ejército ucraniano que como pura solidaridad con las víctimas de la agresión rusa.
Este informe profundiza en todos estos aspectos de la revolución europea de Trump.
Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas
En general, los europeos no se hacen ilusiones sobre Trump. La opinión predominante en los países encuestados (excepto en Hungría y Rumanía) es que su elección es mala para los ciudadanos estadounidenses, para sus propios países y para la paz en el mundo. La mayoría absoluta en la mitad de los países (Dinamarca, Alemania, Portugal, España, Suiza y el Reino Unido) tiene una opinión negativa de Trump en los tres aspectos. Solo el 12% de los británicos cree que la elección de Trump es buena para su país.
Los europeos de todo el mundo, incluso en Hungría y Rumanía, más favorables a Trump, se han vuelto más pesimistas sobre su presidencia desde que ganó las elecciones. En comparación con la encuesta realizada por ECFR en noviembre de 2024, se ha producido un movimiento generalizado en esta dirección. Por ejemplo, inmediatamente después de la votación presidencial estadounidense, la mayoría de los polacos eran optimistas sobre la importancia del regreso de Trump para los ciudadanos estadounidenses y su propio país, y los estonios, en general, pensaban que su inminente presidencia era positiva para su propio país y para el mundo. Pero esto ya no es así.






Ahora los europeos no solo son pesimistas sobre Trump, sino también críticos con su actuación hasta el momento. La opinión predominante entre los encuestados de casi todos los países es que ha hecho un mal trabajo en cuanto a su competición contra China en la escena mundial, a poner fin a la guerra en Ucrania y a fortalecer la economía estadounidense. Los húngaros, rumanos y polacos son los únicos de las muestras nacionales que valoran positivamente su política económica. Solo los húngaros aprecian sus esfuerzos por poner fin a la guerra en Ucrania. Ningún país europeo considera positiva su actuación en China hasta la fecha.

La percepción del sistema político estadounidense también se ha resentido. La mayoría absoluta en Francia, Alemania, Italia, Portugal y España cree que está roto. En enero de 2024, la última vez que el ECFR realizó una encuesta sobre esta cuestión, esto solo ocurría en Francia y Portugal. Mientras tanto, Hungría y Rumanía son los únicos países encuestados en los que la opinión sobre Estados Unidos ha mejorado.


¿Quiénes son nuestros amigos?
Pero los datos por países solo cuentan una parte de la historia, ya que algunos de los cambios más radicales se producen dentro de los electorados de los partidos nacionales.
El presidente Mao Zedong una vez escribió: «¿Quiénes son nuestros enemigos? ¿Quiénes son nuestros amigos? Esta es una pregunta de primera importancia para la revolución». Del mismo modo, la revolución de Trump ha cambiado la comprensión del Gobierno estadounidense sobre quiénes son sus enemigos y amigos en Europa. En relación con esto, su regreso al poder ha impulsado un brote de travestismo político en el continente.
Los partidarios de los partidos populistas ya no necesitan estar simplemente en contra del statu-quo: ahora pueden estar a favor del contraproyecto trumpiano. Y los que apoyan a los partidos de la corriente dominante ya no necesitan estar simplemente a favor de ese statu-quo; ahora pueden sacar impulso de ser defensores de la soberanía nacional y europea frente a Trump. La división dentro de Europa entre los países tradicionalmente atlantistas y los más antiamericanos importa menos, eclipsada por la que existe entre las fuerzas políticas a favor y en contra de Trump.
Esto se ve mejor en cómo los electorados de diferentes partidos perciben los sistemas políticos de EE. UU. y de la UE. La encuesta de ECFR y las comparaciones con resultados anteriores captan esa reconfiguración de las identidades políticas europeas en acción.
El cambio más importante es que las percepciones europeas del sistema político estadounidense están ahora marcadamente polarizadas. Al otro lado del Atlántico, los partidarios de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD), los Hermanos de Italia (FdI), el Fidesz húngaro, el PiS polaco y el Vox español tienen una visión predominantemente positiva, mientras que el electorado mayoritario de sus países tiene una visión mayoritariamente negativa. Nunca antes (ni siquiera a finales de 2020, cuando formulamos esta pregunta por primera vez poco después de la victoria electoral de Joe Biden sobre Donald Trump) los sondeos de ECFR entre los europeos habían mostrado una polarización comparable.
Pero la diferencia es más visible en la yuxtaposición de los resultados de 2024 y 2025. Por ejemplo, los votantes de todos los principales partidos polacos tenían una opinión predominantemente positiva sobre el sistema político estadounidense en enero de 2024, pero ahora solo la derecha trumpiana la tiene, mientras que los partidarios de los partidos mayoritarios se han vuelto mucho más escépticos sobre Estados Unidos. Mientras tanto, en Alemania, los votantes que apoyan a los democristianos de centro-derecha (CDU) y a la Unión Social Cristiana (CSU), y a los socialdemócratas de centro-izquierda (SPD) solían ver el sistema político estadounidense de forma ampliamente positiva, mientras que sus compatriotas votantes de AfD lo consideraban roto. Ahora han cambiado de bando.


Las percepciones del sistema político de la UE también parecen divergir. Por supuesto, los electorados de partidos de extrema derecha como la AfD, el FdI y la Agrupación Nacional (RN) de Francia nunca han sido grandes admiradores. Pero para algunos partidos de la derecha trumpiana, especialmente los portugueses Chega, PiS y Vox, la negatividad es más reciente. Los votantes de PiS tenían una visión mayoritariamente benigna de la UE en 2021; los votantes de Chega consideraban mayoritariamente que la UE «funcionaba» en 2022; y los votantes de Vox se mostraban positivos sobre la UE tan recientemente como en enero de 2024. Pero ahora, todos estos electorados se han unido al resto de la extrema derecha al ver mayoritariamente a la UE como un sistema roto.
Al mismo tiempo, los votantes de muchos partidos mayoritarios parecen unirse en torno a la bandera europea, sobre todo en Francia y Alemania. En este último país, por ejemplo, en comparación con enero de 2024, se ha producido una mejora de la imagen de la UE entre los votantes de la CDU/CSU, los Verdes, el SPD y el partido socialista Die Linke («La Izquierda»). En Francia se observa un patrón similar entre los votantes centristas, de centro-izquierda y de centro-derecha.
Múltiples acontecimientos políticos en los últimos meses, incluidos los muy discutidos comentarios del canciller Friedrich Merz sobre la necesidad de lograr la independencia de Europa respecto a Estados Unidos, sugieren que la reelección de Trump es actualmente uno de los principales motores de ese cambio. Tendría sentido que la aparición de un atractivo modelo político rival al otro lado del Atlántico redujera el atractivo de la UE a los ojos de los votantes de extrema derecha, del mismo modo que los votantes de la corriente dominante depositan más esperanzas en la unión como baluarte contra esa misma alternativa trumpiana.
Los patrones de los datos refuerzan esta impresión. Los votantes de la mayoría de los partidos de extrema derecha incluidos en la nueva encuesta del ECFR tienen una visión predominantemente positiva del sistema político estadounidense y una visión predominantemente negativa del de la UE. Entre la mayoría del electorado mayoritario ocurre lo contrario. Casi inexistentes son los partidos cuyos votantes tienen una opinión predominantemente positiva de ambos sistemas políticos. Así pues, a principios de 2025, parece que estar a favor de la UE significa tener dudas sobre Estados Unidos, y viceversa.

Capital de la revolución
Que los Estados Unidos de Trump presenten un modelo alternativo creíble para la extrema derecha europea podría resultar especialmente significativo a largo plazo. Antes de mediados de la década de 2010, muchos partidos de extrema derecha estaban confinados en los márgenes de la vida política y actuaban como partidos de protesta. Esto era tanto una bendición para ellos (ya que no estaban sujetos al escrutinio como posibles partidos de gobierno) como una maldición (ya que esto hacía más difícil imaginarlos gobernando). Con el Brexit y la elección de Trump en 2016, volvió a ser posible imaginarlos tomando el poder.
En el pasado, algunos partidos de extrema derecha expresaron su simpatía por Vladimir Putin y su cruzada oportunista contra los «valores woke». Pero Rusia es demasiado débil y carente de éxito como para servir de modelo a ningún país europeo ni para inspirar a amplias capas del electorado. No obstante, esto no ocurre lo mismo con Estados Unidos. Quienes consideran que el statu quo europeo es el problema pueden señalar ahora al sistema estadounidense bajo Trump como uno que funciona en un país rico y poderoso, y donde, como alega el vicepresidente J.D. Vance, las libertades se respetan de verdad, a diferencia que en Europa.
Como tales, las relaciones entre la UE y Estados Unidos son ahora cada vez más ideológicas. La relación entre los partidos europeos de extrema derecha y Trump podría incluso llegar a parecerse a la existente entre los antiguos partidos comunistas europeos y la Unión Soviética, por la que se sienten obligados a defender a Trump y a imitarle. Por ejemplo, Viktor Orban, del Fidesz, y el ultraderechista Partido de la Libertad austriaco elogiaron el brutal trato que el presidente dio a su homólogo ucraniano Volodymyr Zelenskyy en el Despacho Oval en marzo.
Esto también se confirma en el nuevo sondeo del ECFR. Como en los días de la guerra fría, los franceses y los italianos son los revisionistas: al igual que los «eurocomunistas» de los partidos comunistas franceses e italianos en algunos momentos buscaron una mayor distancia de Moscú, la capital de la revolución, RN y FdI hoy son más fríos hacia el Washington de Trump que algunos de sus homólogos en otros lugares de Europa. Este patrón se refleja entre sus partidarios. En términos más generales, la admiración por Trump está claramente correlacionada con opiniones positivas sobre el sistema político estadounidense, y los partidarios de la mayoría de los partidos europeos de extrema derecha son positivos respecto a ambos. Especialmente en un momento en el que ese sistema está experimentando una transformación tan drástica, eso parece sugerir admiración no solo por el presidente, sino por todo su proyecto.

Esta dinámica podría aún redefinir la división este-oeste dentro de Europa. En la crisis transatlántica provocada por la guerra de Irak en 2003, la cuestión era si Europa central y oriental se pondría del lado de Estados Unidos o del antiguo núcleo de la UE. Hoy, las inclinaciones proestadounidenses en esos países son más partidistas: no se limitan a los partidarios de partidos políticos que comparten y admiran los instintos autoritarios de Trump, sino que son especialmente intensas entre ellos. Mientras tanto, los partidarios de los partidos mayoritarios en estos países centrales y orientales (Rumanía es una excepción) son ahora tan antiTrump como sus homólogos occidentales. Para la oposición húngara, las actitudes hacia Estados Unidos están fuertemente determinadas por la afinidad entre Trump y Orban.
Nuestra hipótesis, sin embargo, es que el efecto Trump se producirá de forma diferente en el este y el oeste de la UE.
Con populistas gobernando en Hungría, Eslovaquia y, potencialmente, pronto en la República Checa, y con Karol Nawrocki, respaldado por el PiS, ganando las recientes elecciones presidenciales en Polonia, el modelo rival estadounidense podría resultar especialmente poderoso en estos Estados. Trump podría utilizar las condiciones comerciales y otras medidas para reforzar a los Gobiernos amigos de estos países. Especialmente en Polonia, donde el PiS también aspira a volver al poder en las próximas elecciones parlamentarias, el modelo que representa podría convertirse en una importante línea divisoria política.
En los Estados miembros occidentales, por el contrario, Trump podría tener un efecto similar al del Brexit: alienar a los votantes y reunirlos en torno al sentimiento proeuropeo. Esa reputación tóxica podría poner un tope al apoyo populista. Después de todo, en países como Francia, Alemania y el Reino Unido la simpatía por Trump es sorprendentemente baja. Incluso entre los simpatizantes de partidos populistas de estos países, porcentajes significativos (por ejemplo, el 34% entre los votantes de AfD, el 28% entre los de RN y el 31% entre los de Reform UK) consideran que la reelección de Trump es «muy mala» o «bastante mala» para los ciudadanos estadounidenses.


Dado que Estados Unidos sigue siendo un país abrumadoramente poderoso, la asociación de los partidos de extrema derecha con él podría otorgarles algunos de los atributos del cargo. Es razonable esperar que sus fracasos (o sus políticas, que perjudican a los votantes europeos de a pie, como los aranceles comerciales) puedan empañarlos por asociación. Esto puede ayudar a explicar las resistencias francesas e italianas al trumpismo entusiasta.
Pero los políticos de la corriente dominante que esperan explotar la toxicidad general de Trump en Europa o los fracasos de su administración deberían calibrar sus expectativas con cuidado. Nuestra encuesta revela que la oposición al presidente es mucho más marcada en Dinamarca (objeto de las agresivas reclamaciones del presidente sobre Groenlandia) incluso más que en otros Estados de Europa occidental. Los gráficos iniciales de este documento muestran que actualmente el 86 % de los daneses cree que el sistema político estadounidense está roto, y la proporción de la población que considera que su reelección es algo malo para los ciudadanos estadounidenses ha aumentado del 54 % al 76 % en cuestión de seis meses. Esto implica que el aprovechamiento de la fuerza política de los sentimientos antiTrump (como hizo Mark Carney en las recientes elecciones de Canadá) dependerá en gran medida de lo directamente atacados por su administración que se sientan los europeos en cada determinado país.
Aux armes, citoyens
El historiador británico-estadounidense Tony Judt tituló «Postguerra» su libro de 2005 sobre la Europa posterior a 1945. Según su interpretación, la UE no solo nació de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, sino que se definió por la cualidad misma de haber trascendido el conflicto. Esa Europa (la Europa de la posguerra) ya es historia. Por supuesto, este sentimiento comenzó a generalizarse tras la invasión a gran escala de Ucrania por Vladimir Putin en 2022. Pero el regreso de Donald Trump al poder lo ha convertido en norma.
Especialmente en los años inmediatamente posteriores a la guerra fría, los europeos se mostraron reacios a invertir en sus capacidades militares y se contentaron con confiar en la protección estadounidense y la interdependencia económica. Como escribió el comentarista estadounidense Robert Kagan en 2002, «el rechazo de Europa a la política del poder y su devaluación de la fuerza militar como herramienta de las relaciones internacionales, han dependido de la presencia de fuerzas militares estadounidenses en suelo europeo […] El poder estadounidense hizo posible que los europeos creyeran que el poder ya no era importante». Y concluyó: «en las grandes cuestiones estratégicas e internacionales actuales, los estadounidenses son de Marte y los europeos de Venus». La Estrategia Europea de Seguridad de la UE del año siguiente declaraba que: «Europa nunca ha sido tan próspera, tan segura ni tan libre».
La encuesta del ECFR confirma que la mayoría de los europeos están despertando a la realidad de posguerra de que ahora viven en un mundo muy diferente. Si bien el temor a un ataque ruso a territorio de la OTAN no refleja del todo la urgencia expresada por algunos analistas (aunque se siente con fuerza en algunos Estados fronterizos, como Estonia, Polonia y Rumanía), es el creciente temor a un conflicto nuclear lo que caracteriza más claramente la nueva ansiedad europea. Es razonable afirmar que la revolución de Trump (y las dudas que ha suscitado sobre el compromiso de Estados Unidos con la seguridad europea) ha exacerbado esta situación.

En medio de estos temores por la paz y el orden en Europa, los europeos parecen estar evolucionando de (tomando prestada la formulación de Kagan) venusinos a marcianos:
● La mayoría de los encuestados por el ECFR, con la notable excepción de los italianos, creen que el gasto en defensa debe aumentar.
● En varios países, incluido el trío de Weimar formado por Francia, Alemania y Polonia, las mayorías apoyan la reintroducción del servicio militar obligatorio.
● Las mayorías de la mayoría de los países, excepto Italia y Hungría, estarían a favor del desarrollo de una disuasión nuclear europea alternativa.
● En algunos países, las mayorías apoyarían incluso el desarrollo de una fuerza nuclear de disuasión nacional. En los dos primeros del gráfico, Dinamarca y Estonia, las mayorías apoyan aumentar el gasto en defensa al menos al 5%.
● Y una mayoría de los encuestados franceses (aunque no de los británicos) apoya la ampliación del arsenal nuclear de su país.

Este giro marciano abarca incluso a algunos partidos de extrema derecha. Por ejemplo, en Francia, tanto los partidarios de la RN como los del Renacimiento de Emmanuel Macron respaldan la ampliación del arsenal nuclear existente en el país. Cuando se trata de desarrollar una alternativa nacional al paraguas nuclear estadounidense en otros lugares, los partidos de extrema derecha están divididos. Algunos, como Chega, la Confederación polaca y Vox, la apoyan firmemente, mientras que otros, como AfD y Fidesz, se oponen rotundamente. En los 12 países encuestados, los 5 electorados más partidarios de reintroducir el servicio militar obligatorio son una mezcla de moderados y populistas: la CDU/CSU, RN, Renaissance, los Republicanos franceses de centro-derecha y Vox.
La remilitarización de Europa no es solo un reto cultural y logístico, sino también, en su aspecto más elemental, presupuestario.
En este sentido, las encuestas son contradictorias. En un momento en el que los presupuestos públicos están sometidos a tensiones, el significativo apetito público por aumentar el gasto en defensa nacional (incluso a expensas de tabúes fiscales) es aún más digno de mención. Por ejemplo, en una pregunta puntual formulada solo en Alemania, el 50 % de los encuestados está de acuerdo en que la votación de última hora del anterior Bundestag para relajar el oneroso freno a la deuda del país fue acertada. Solo el 27 % considera que esta medida, que libera del freno a los gastos de defensa superiores al 1 % del PIB, fue una decisión equivocada.

Sin embargo, la mayoría de los países también están muy divididos sobre si es un riesgo mayor gastar demasiado o demasiado poco en defensa. Esto parece reflejar la preocupación por el impacto en otras prioridades presupuestarias del Gobierno, en un momento en que el aumento del coste de la vida sigue preocupando a los votantes.

Una bifurcación en el camino
Los europeos también parecen ser conscientes de que aún se encuentran en algún lugar entre Venus y Marte y de que se enfrentan a peligros en el camino. Las circunstancias del continente pueden haberse vuelto más amenazadoras, pero adaptarse a ellas llevará algún tiempo. Los resultados de la encuesta del ECFR apuntan a que los encuestados reconocen este incómodo hecho.
Están divididos sobre si la UE puede realmente independizarse de EE. UU. en materia de seguridad y defensa o superar sus divisiones internas para actuar como un actor global unificado. Solo las minorías de cada país creen que la UE puede competir económicamente con EE. UU. y China. Los daneses, una vez más, son la excepción en este sentido. De hecho, destacan por ser los más optimistas en los tres puntos, al igual que Italia y Hungría constituyen el otro extremo del espectro.

Tres indicios principales apuntan a que los europeos quieren ganar tiempo: su recelo ante un servicio militar que ellos mismos podrían tener que cumplir, su deseo de respaldar a Ucrania para que luche en su nombre y su esperanza de que Estados Unidos pueda dar marcha atrás tras la revolución de Trump y volver a comprometerse con la protección del continente.
El primero de estos aspectos se refleja en el contraste entre los temores catastrofistas de nuestros encuestados (representados en la sección anterior) y los porcentajes, a menudo minoritarios, de la población en edad de combatir que apoyaría el servicio militar obligatorio. Esto podría apuntar a alguna combinación de pacifismo o individualismo entre esos votantes. Pero también podría hablar de una evaluación honesta del hecho de que Europa aún no está preparada militarmente para hacer frente a estos futuros alarmantes.

El segundo indicio de realismo entre los europeos para ganar tiempo está presente en los detalles de sus respuestas sobre Ucrania. Para Europa, una victoria rusa absoluta en Ucrania supondría una amenaza existencial. Preservar a Ucrania como Estado soberano con una fuerza armada creíble es el mejor sustituto para fragmentar las garantías militares estadounidenses. En línea con esa perspectiva, nuestros datos muestran que la mayoría de los europeos no querrían que Europa retirara todo su apoyo militar a Ucrania, presionara a Ucrania para que renunciara al territorio ocupado por Rusia o levantara las sanciones económicas a Rusia, incluso si los Estados Unidos de Trump hicieran todo eso primero.
Una interpretación benévola es que los europeos apoyan una política europea autónoma para estar con Ucrania y no quieren seguir ciegamente el ejemplo de Trump. Pero otra lectura (mutuamente compatible) de esos datos es que los europeos quieren que los ucranianos sigan luchando en su nombre.

La tercera señal de que los europeos saben que les queda camino por recorrer antes de llegar a Marte es que no se declaran desesperanzados respecto a la relación transatlántica. La opinión predominante en todos los países es que Europa puede mantener la presencia militar estadounidense en el continente y evitar una guerra comercial con Washington. Solo en dos países (Dinamarca y Alemania) la mayoría de los encuestados duda de la capacidad de Europa para seguir confiando en la disuasión nuclear estadounidense.

Una vez más, hay explicaciones alternativas para esto: la principal es el pensamiento ilusorio. Otra prueba de ello es que la opinión predominante en la mayoría de los países (y la de la mayoría absoluta en 5 de los 12 países encuestados) es que la relación transatlántica mejorará cuando Trump deje el cargo.


Pero eso no cuadra del todo con la perspectiva crítica que la mayoría de los encuestados expresan sobre Trump y su administración, ni con su fuerte apoyo al gasto en defensa, ni con los profundos temores a la guerra y el desorden que muchos de ellos expresaron. Una forma de dar sentido a todo esto es plantear, como hacemos nosotros, que los europeos simplemente reconocen que el continente aún no puede hacer frente a sus retos sin un cierto grado de protección estadounidense duradera. Visto así, sacar el máximo partido de la relación no es realmente una elección o una cuestión de probabilidad, sino un imperativo ineludible.
Hemos empleado cierto grado de especulación en estos tres puntos. Pero en conjunto, el crudo realismo de nuestros encuestados sobre las amenazas, combinado con su cautela a la hora de cumplir el servicio militar, su fuerte apoyo a la autodefensa de Ucrania y su curioso estoicismo ante una administración Trump que la mayoría ve de forma negativa, parecen indicar que Europa, más que siendo una ilusa, está luchando por ponerse al día.
No, señor: es una revolución
La conmoción y el dramatismo del Brexit ofrecen un modelo útil de cómo los europeos podrían entender el regreso de Trump y el proyecto revolucionario que lidera.
Este documento ha demostrado que albergan relativamente pocas ilusiones sobre el presidente estadounidense (al menos, tal y como lo ven sus oponentes). Pocos europeos creen que sea bueno para Estados Unidos, para sus propios países o para la paz mundial. Estas cifras han seguido disminuyendo en los últimos seis meses. La opinión predominante entre nuestros encuestados en casi todos los países es que Trump ha hecho un mal trabajo a la hora de competir contra China en la escena mundial, poner fin a la guerra en Ucrania y fortalecer la economía estadounidense.
Pero al igual que la relación entre el Reino Unido y la UE perduró tras el Brexit, muchos europeos parecen esperar que las relaciones entre Estados Unidos y la UE se ajusten, no que se derrumben. Parecen haber adoptado una actitud de «esperar a que pase» frente a Trump. Si esto refleja optimismo sobre la capacidad de Europa para capear el temporal Trump (y la creencia de que Trump no es sinónimo de Estados Unidos), ¿se trata de ingenuidad o de realismo terco sobre la revolución en curso? Nuestra lectura de los datos se inclina hacia lo segundo.
Tal vez la opinión pública subestime el radicalismo de la segunda administración de Trump. Pero, en general, el instinto de dar un paso atrás y ganar tiempo para prepararse para el salto que se avecina es sensato. Y mientras tanto, los principales gobiernos europeos pueden utilizar la prominencia y la relevancia política de Trump en sus países para remodelar su propia política de diversas maneras. La paradoja del momento actual es que mientras Trump desideologiza las relaciones con grandes competidores como China y Rusia, ideologiza las relaciones con Europa.
El filósofo revolucionario francés Louis Antoine de Saint-Just dijo supuestamente que «el orden presente es el desorden del futuro». Europa vive hoy el quid de esa máxima; un viejo orden que se transforma en un nuevo desorden, arrastrando consigo viejos supuestos hasta que finalmente se derrumban bajo la presión de los acontecimientos.
Los principales líderes europeos no deberían asumir que la retórica antieuropea de Trump tendrá el impacto dramático que tuvo en Canadá. El sentimiento antiTrump tiende a resonar más cuando Washington apunta directamente a su país de uno, no a Europa en general. Dinamarca lo ilustra bien. Sin embargo, el momento Trump sí ofrece una coyuntura para que los partidos mayoritarios dejen de defender un «orden actual» que no funciona y reinventen la identidad europea para un nuevo mundo revolucionario.
Metodología
Este informe se basa en una encuesta de opinión pública a población adulta (mayor de 18 años) realizada en línea en mayo de 2025 en 12 países europeos (Alemania, Dinamarca, Estonia, Francia, Hungría, Italia, Polonia, Portugal, Rumanía, España, Suiza y Reino Unido). La muestra global incluyó 16 440 encuestados.
Los sondeos fueron realizados por Datapraxis y YouGov en Dinamarca (1015 encuestados; 15-22 de mayo); Francia (1511; 15-27 de mayo); Alemania (2053; 15-23 de mayo); Hungría (1028; 15-27 de mayo); Italia (1541; 15-26 de mayo); Polonia (1508; 15-29 de mayo); Portugal (1010; 16-28 de mayo); Rumanía (1021; 15-27 de mayo); España (1523; 15-22 de mayo); Suiza (1159; 15-27 de mayo), y Reino Unido (2064; 15-19 de mayo). Las encuestas fueron realizadas por Datapraxis y Norstat en Estonia (1007; 19-29 de mayo).
Las encuestas anteriores del ECFR a las que se hace referencia en este informe incluyen las de noviembre de 2024, enero de 2024, enero de 2022, abril de 2021 y noviembre de 2020.
Sobre los autores
Ivan Krastev preside el Centro de Estrategias Liberales de Sofía y es investigador permanente del Instituto de Ciencias Humanas de Viena. Es autor de ¿Ya es mañana? Cómo la pandemia cambiará el mundo, entre otras publicaciones.
Mark Leonard es cofundador y director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. Es autor de The Age of Unpeace: How Connectivity Causes Conflict. Además, presenta el podcast semanal de ECFR World in 30 Minutes.
Agradecimientos
Esta publicación debe mucho a la extraordinaria labor del equipo Unlock del ECFR, en particular a Pawel Zerka, que hizo un trabajo extraordinario analizando los datos y ayudando a afinar los argumentos de los autores. Jeremy Cliffe fue un brillante editor de varios borradores y mejoró enormemente la fluidez narrativa del texto. Andreas Bock dirigió la divulgación estratégica en los medios de comunicación, Nastassia Zenovich desarrolló formas nuevas e innovadoras de presentar los datos y Alessandro Castriotta fue una valiosa fuente de apoyo durante todo el proceso. Nele Anders y Julie Morgan gestionaron la promoción, mientras que Anand Sundar se ocupó de los sucesivos borradores. Los autores también agradecen a Paul Hilder y su equipo de Datapraxis su colaboración en el desarrollo y análisis de los sondeos europeos a los que se hace referencia en el informe. A pesar de estas contribuciones, cualquier error es responsabilidad de los autores.
ECFR colaboró en este proyecto con la Fundación Calouste Gulbenkian, el Departamento Federal de Asuntos Exteriores de Suiza, el Centro Internacional de Defensa y Seguridad y Think Tank Europa.
Policy Brief traducido por Inés Mesonero
El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores no adopta posiciones colectivas. Las publicaciones de ECFR solo representan las opiniones de sus autores individuales.