Hammers and nails

As the US plans to beef up its foreign service, Europe should also consider instilling life to the idea of an integrated diplomatic service, argues Jos? Ignacio Torreblanca

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

(English Translation)

“When you have a hammer, everything looks like a nail.” That could be the most fitting epitaph for US foreign policy of recent years; certainly, George W. Bush himself is a fine example of how military hypertrophy can crush the optical nerve, leading to blurred vision. Even Laura Bush herself couldn’t resist an irony as to her husband’s foreign policy at a laid back dinner for journalists in the White House a couple of years ago – she wondered whether it might have something to do with his predilection for wielding the chain-saw at their Crawford ranch on weekends.

With a budget accounting for more than half the world’s defense spend, it is hardly surprising that Washington has got used to thinking almost any problem can be resolved militarily. One statistic which reveals the extent of US might is that its navy is larger than the next thirteen maritime forces in the world combined – and eleven of those are allies.

Fortunately, military hypertrophy is coming to an end, and the optical nerve is flickering back into life. Criticising the idea that US security is purchased through the defense budget, Defense Secretary Robert Gates stated something highly unusual for a politician, namely, that he doesn’t want additional money for his department. He offered a revealing statistic to justify this: The number of troops in US military bands is greater than diplomats in the country’s service. Gates would rather the money went to the State Department to hire diplomats able to make a contribution to avoiding conflicts, mediating in peace processes, supporting post-conflict reconstruction or dealing with failed States. Indeed, plans for the creation of a reserve body or civilian intervention force capable of being deployed in conflict areas are already well underway. 

If every cloud has a silver lining, then at the end of the day, Iraq amounts to a spectacular learning curve which could prove decisive for Obama when it comes to dealing with Afghanistan. The new US army counter-insurgency manual, drawn up by General Petraeus, emphasises the need to use minimum force and underlines the crucial importance of basing efforts on local institutions and community leaders (resembling something like the US in miniature, an Israel which is as capable of flattening its neighbours and  incapable of seeing beyond the smoke of its own bombs ought to take note of this change in doctrine).

In journalist Seymour Hersh’s articles on the arrival of Bush’s first Defense Secretary, Donald Rumsfeld, to the Pentagon we hear how Rumsfeld berated his generals for their reluctance to go to war in Iraq, telling them he was ashamed of them, that the most powerful army in history had become a laughing stock all over the world, and that, in a word, they had been “Clintonised” (sic). This makes the return of a Clinton to the helm of American diplomacy more than ironic.

In her confirmation hearing, Hillary Clinton put an end to the debate between “hard” and “soft” power by making the term popularised by political expert Joseph Nye -“smart power”- her very own. While there is unlikely to be much mileage in the concept in that it fails to bring anything new to the table, it does at least have the merit of reminding us where the folly of the Bush-Cheney-Rumsfeld trio led us. More useful is Hillary Clinton’s vision of a foreign policy based on the three “D’s”: diplomacy, defense and development, understood as inseparable elements of a closely coordinated national strategy.

The Gates and Clinton approaches illustrate just to what extent the conception and execution of foreign policy have to radically change if it is to adapt to a world as complex as the one we live in today. This is something which especially affects the United States, but also the European Union. Modern diplomacy requires not only more diplomats, but also more judges, policemen, engineers, aid workers and cultural mediators; and, of course, modern armed forces capable of participating in crisis management too and one which uses force selectively and decisively only when necessary. The debate on smart power is underway in the United States. As we’re so busy admiring Obama, why not follow his lead in Europe, where diplomacy, defense and development are scarcely integrated, poorly coordinated at best, and lack rapidity and flexibility on the majority of occasions.

For the last ten years, Europe has been engaged in an exhausting debate over its institutional configuration. But very little has come out of that in terms of Europe’s pressing need for a more active world presence. While the Lisbon Treaty is still shelved, plans for a European integrated diplomatic service are deep buried. But for Europe, the time to (as Obama said), “pick ourselves up, dust ourselves off, and begin again the work” should also be coming soon, shouldn’t’ it?

Translated from Spanish by Douglas Wilson

Clavos y martillos

Published in El País on 26 January 2009.

“Cuando tienes un martillo, todo te parece un clavo”. Éste es quizá el mejor epitafio de la política exterior seguida por Estados Unidos en los últimos años. Sin duda, el propio George W. Bush es un buen ejemplo de hasta qué punto la hipertrofia militar puede llegar a presionar el nervio óptico, nublando la visión. Hasta la propia Laura Bush, en una divertida intervención en la cena de corresponsales de la Casa Blanca hace un par de años, se permitió ironizar sobre la política exterior de su marido al relacionarla con su afición a la sierra eléctrica durante los fines de semana en el rancho de Crawford.

Con un presupuesto que representa más de la mitad del gasto mundial en defensa, no es extraño que Washington se haya acostumbrado a pensar que la solución militar puede resolver casi todos los problemas. Un dato revelador de este poderío: la Marina de guerra estadounidense es más grande que las 13 siguientes del mundo combinadas, y eso que 11 de ellas son aliadas.

Afortunadamente, la hipertrofia militar llega a su fin y el nervio óptico parece volver a funcionar. El secretario de Defensa Robert Gates, criticando a quienes piensan que la seguridad de Estados Unidos se compra con el presupuesto de defensa, ha dicho algo absolutamente inusual en un responsable político: que no quiere más dinero para su departamento. En su apoyo ha ofrecido un dato revelador: que el número de efectivos de las bandas musicales de las fuerzas armadas estadounidenses es superior al de los diplomáticos con los que cuenta el país. Gates prefiere que le den dinero al Departamento de Estado para contratar más diplomáticos con los que prevenir conflictos, mediar en procesos de paz, apoyar la reconstrucción posconflicto o lidiar con Estados fallidos. De hecho, los planes para la creación de una reserva o cuerpo de intervención civil, capaz de desplegarse en zonas de conflicto, están ya muy avanzados.

En el fondo, como no hay mal que por bien no venga, Irak ha constituido una enorme fuente de aprendizaje que va a ser decisiva para Obama a la hora de tratar con Afganistán: el nuevo manual de contrainsurgencia del Ejército estadounidense, elaborado por el general Petraeus, enfatiza la necesidad de utilizar la mínima fuerza y lo crucial que es apoyarse en las instituciones locales y los líderes comunitarios (Israel, que se asemeja a un Estados Unidos en miniatura, capaz de acogotar a todos sus vecinos a la vez, pero incapaz de ver más allá del humo de sus bombas debería, por cierto, prestar atención a este cambio doctrinal).

En las crónicas del periodista Seymour Hersh sobre la llegada al Pentágono del primer secretario de Defensa de Bush, Donald Rumsfeld, escuchamos a éste responder a las reticencias de los generales a ir a la guerra de Irak, diciéndoles que se avergüenza de ellos, que son el hazmerreír del mundo por no querer combatir pese a ser el Ejército más poderoso de la historia, en definitiva, que están clintonizados (sic). No deja de ser por ello una poderosa ironía que ahora la diplomacia estadounidense esté otra vez al mando de un(a) Clinton.

En su toma de posesión, Hillary Clinton ha zanjado el debate entre “poder blando” y “poder duro” haciendo suyo el nuevo término popularizado por el politólogo Joseph Nye: “Poder inteligente” (smart power). El concepto no hará carrera, ya que no añade nada, aunque sí tiene el valor de poner de manifiesto hasta dónde dejó llevar la estulticia el trío Bush-Cheney-Rumsfeld. Más valor tiene la visión planteada por Hillary de una política exterior basada en tres D: diplomacia, defensa y desarrollo, entendidas como elementos inseparables entre sí e íntimamente coordinadas en una estrategia nacional.

Los planteamientos de Gates y Clinton son el mejor exponente de hasta qué punto la manera de concebir y ejecutar la política exterior tiene que cambiar de forma radical si quiere adaptarse a un mundo tan complejo como en el que vivimos. Eso afecta a Estados Unidos especialmente, pero también a la UE, y cómo no, a España. Una diplomacia moderna requiere tener a mano no sólo más diplomáticos, sino también jueces, policías, ingenieros, cooperantes y mediadores culturales. También, por supuesto, unas fuerzas armadas modernas capaces de cooperar en la gestión de crisis y utilizar la fuerza selectiva y decisivamente allí donde sea necesario.

El debate sobre el poder inteligente ya está abierto en Estados Unidos: puestos a admirar a Obama, ¿por qué no lo ponemos también en marcha en España, donde diplomacia, defensa y desarrollo están escasamente integradas, en general poco o nada coordinadas, y normalmente carentes de la capacidad de reaccionar rápida y flexiblemente?

The European Council on Foreign Relations does not take collective positions. ECFR publications only represent the views of its individual authors.

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Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow