European drama

We are victims of a political system designed to be boring

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

The reader will no doubt share my satisfaction at the high quality of Spanish debate about Europe. Thanks to the electoral campaign, we have a much better idea of what is going to happen with Turkey, or with the small Balkan countries that are knocking on the Union’s door; and regarding Europe’s united response to the economic crisis, as opposed to the cacophony of national stimulus measures. Before the campaign began, I wondered whether Europe had the will to become a serious global actor, but now I know we are headed in the right direction. And I am genuinely thankful to have heard some informed debate about where to draw the line between liberalization and regulation, because this has huge consequences for the economy, and employment, and the viability of the welfare state. The elections have not only helped us discover what  the EU agenda is for the next five years, but have given Europeans an opportunity to identify with the European political system. End of irony.

The elections have been a narrative disaster. They need a scriptwriter, and a producer. They have no plot, no happy ending, and not even the focus of dramatic tension that Hitchcock called a MacGuffin. The parties being reluctant to designate candidates for the European presidency, we do not even have real protagonists. The national candidates are second-string figures, while the real actors move behind the scenes to get the vote that matters: that of the national governments. One day we shall wake up and learn that José Manuel Durão Barroso is getting another term as president of the Commission, and that Tony Blair will be president of the Council. End of movie.

Why, then, this electoral masochism that we inflict on ourselves? One persuasive analogy has to do with computer keyboards, where the layout of keys is a legacy of the old typewriter. The most-used keys were assigned to the weaker fingers of the left hand, obliging us to write slowly, on machines made up of little hammers that had to return to their original position. If you wrote too fast, they jammed.

And so with Europe. Just as we are victims of keyboards designed for writing slowly, European voters are victims of a political system designed to be boring. This makes sense, because the European idea of amusement (two world wars in the last century) was nothing to be proud of. This is why some say that the best thing Europe can do for the world and for itself, is to be boring. In flagrant provocation they add that those who would like to break with consensus, and make things more fiercely political (having, for example, real elections with real candidates and parties), would imperil the construction of a united Europe.

The European elections, then, have been national contests of a second order, in which the voter can confidently stay at home, in the knowledge that the result will not affect him, or send signals of discontent to his party.

For the same reasons, it makes sense for the political parties to treat the elections as a validation or a punishment for the government in power. This is why they harp on local, non-European issues to excite voters, focusing the campaign on what they think will produce the most votes. Believing that ideological polarization benefits them, the Socialists have highlighted the differences between the values of right and left, while the Popular Party has attempted to get electoral mileage out of the economic crisis. No one has won or lost on the strength of their European proposals.

As we all know, you need two to tango. Europe is not so bad as an entity; it even has an anthem which sounds OK, although it can’t be danced to. Its drama has been its renunciation of drama. So, if you have been unable to work up any enthusiasm for the European elections, it can’t be said to be your fault. [email protected]  

This article was published in El País English Edition on 9 June 2009. 

(English Translation)

El drama europeo

Compartirán conmigo la satisfacción por la alta calidad del debate europeo que hemos podido mantener estos días. Gracias a la campaña y a los debates tengo una idea mucho más precisa de lo que va a pasar con Turquía, si finalmente será miembro o no, o de cuándo entrarán todos esos pequeños países de los Balcanes que están llamando a nuestra puerta. También tengo más clara la respuesta de Europa a la crisis económica, superando lo que hasta ahora no ha sido más que una cacofonía de planes de estímulo nacionales. Me inquietaba antes de comenzar la campaña si Europa tenía la voluntad de convertirse en un actor realmente global, capaz de sumar sus enormes recursos políticos, diplomáticos y militares en defensa de sus valores e intereses, pero ahora sé que vamos en la buena dirección. Y cómo no, estoy agradecido porque hayamos hablado de dónde trazar los límites entre liberalización y regulación, porque eso tiene consecuencias importantísimas sobre la economía, el empleo o la viabilidad de nuestros estados del bienestar. Lo más importante: que las elecciones no sólo han ayudado a que conozcamos con precisión cuál es la agenda europea para los próximos cinco años, sino que, a la vez, han ofrecido una oportunidad para que los europeos nos identifiquemos con nuestro sistema político. Fin de la ironía.

Como se habrán dado cuenta, las elecciones europeas son un desastre narrativo: llevan años pidiendo a gritos un guionista, aunque más bien lo que necesitan es un productor. Aquí no hay planteamiento, nudo ni desenlace, ni final feliz, ni continuará, ni siquiera aquel invento de Hitchcock llamado MacGuffin que servía para crear tensión dramática. Como los partidos políticos europeos se resisten a designar de antemano a sus candidatos para presidente de la Comisión, ni siquiera tenemos verdaderos protagonistas. Por tanto, mientras que todos los cabezas de lista nacionales son secundarios, los verdaderos protagonistas se mueven entre bambalinas para lograr el voto que importa: el de los Gobiernos nacionales. Así que sin saber cómo ni por qué, un día nos despertaremos con la noticia de que Barroso será renovado como presidente de la Comisión y otro con que (crucemos los dedos) Blair será presidente del Consejo. Fin de la historia y fundido en negro.

¿Qué explica esta especie de masoquismo electoral que nos infligimos los europeístas? Hay una analogía poderosa que tiene que ver con los teclados de nuestros ordenadores. Seguramente sabrán que la distribución de las teclas en nuestros ordenadores es una herencia de las necesidades de las viejas máquinas de escribir. Las teclas de mayor uso fueron asignadas a los dedos débiles de la mano izquierda con el fin de obligarnos a escribir despacio en unas máquinas basadas en martillos que tenían que volver a su posición original. Si escribías rápido, te atascabas.

A Europa le pasa algo parecido. Al igual que somos víctimas de un teclado diseñado para escribir despacio, los europeos somos víctimas de un sistema político específicamente diseñado para ser aburrido. De hecho, esto tiene su lógica, ya que el concepto europeo de diversión (dos guerras mundiales y varias decenas de millones de muertos sólo en el siglo pasado) no ha sido históricamente algo de lo que sentirse muy orgulloso que digamos. Por eso, hay quien dice que lo mejor que puede hacer Europa por el mundo, y por sí misma, es ser aburrida. Añaden, de forma provocadora, que los que quieren romper con el consenso y buscar una mayor politización (haciendo, por ejemplo, elecciones de verdad con candidatos de verdad y partidos de verdad) pueden poner en peligro el proyecto europeo.

Así que, como era de esperar, las elecciones europeas se han dilucidado en clave nacional, no europea. Como no se elige gobierno, se trata de elecciones de segundo orden, lo cual permite a los votantes quedarse en casa a sabiendas de que el resultado no les afectará o mandar señales de descontento a sus partidos.

Por las mismas razones, a los partidos políticos les resulta de todo punto racional enfocar las elecciones como una validación o un castigo a los Gobiernos que ejercen el poder. Eso explica que los partidos recurran a temas no europeos para galvanizar a los votantes y que, de acuerdo con sus encuestas y manuales de campaña, enfoquen la campaña sobre aquello que más creen les va a beneficiar. Así, creyendo que la polarización ideológica le beneficia, el PSOE ha optado por resaltar las diferencias entre valores de izquierda y de derecha mientras que, por su parte, el PP ha optado por intentar capitalizar la crisis económica. Quien haya ganado o perdido, desde luego no lo ha hecho por la calidad de sus propuestas europeas.

Como todo el mundo sabe, se necesitan dos para bailar un tango. Europa no está mal, incluso tiene un himno bonito, pero que en el fondo no se puede bailar. Su drama es haber renunciado al drama. Por tanto, si las elecciones europeas no les han entusiasmado, no es culpa suya, de verdad.

Publicado en El País el 8 de junio de 2009

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Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

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