Completing Europe

We have to find a way to end our internal divisions and restore our leadership

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

Conservative blue in origin, ecological green with time, lefty red when it suits the occasion and, above all, astute and chameleon-like, José Manuel Durão Barroso has just won another term as president of the European Commission, with a clear majority. The phrase “my party is Europe” sums up the catch-all philosophy that has carried him to victory. But is this to be a great step for Barroso, and only a rather small step for Europe?

The next five years may be remembered as the last chance Europe had to be relevant in the world. When we look at the European Union we now have, we see cracks, tears, plans left hanging in the air; risks but also opportunities.

There are tasks, such as facing up to China and Russia, and being a genuine global force, which are beyond our present capacity, but there are certain challenges we can handle. If the European Union cannot even take charge in Europe, where its political and economic capacities are more than sufficient for decisive leadership, with what credentials is it going to claim a global role?

Now, 20 years after the Berlin Wall came down, we know that the 21st century will be multipolar; what we don’t know is whether there will be a European pole. As this week’s G20 meeting in Pittsburgh shows, there are lots of Europeans in global institutions, but very little Europe. For how long?

“Completing Europe” does not mean further treaties, nor advancing toward a federal union. It means taking seriously our own principles and commitments (including the enlargement), finding a way to end our internal divisions and restore our leadership, at least in the European sphere.

In the EU there are still first- and second-class members, a dichotomy which generates internal divisions and external weakness. We need a strategy to ensure stability and prosperity for new members, and to achieve real convergence between new and old. This would include cutting back the remaining transition periods for new members, extending to them the monetary union and its benefits, and using the next EU budget revision to maximize the impact of structural policies.

The unfinished Europe is also apparent in the Western Balkans, where the EU, though committed to membership for these countries, keeps putting off the issue. This is producing a vicious circle that is hard to break: the absence of a credible European prospect causes these countries to falter in their reforms, thus rendering the EU ever less inclined to admit them. The original plan, of admitting Croatia, trusting that Turkey would throw in the towel, and then opening the drawbridge, may turn against the EU, especially if Iceland gets in ahead of the others. It is not so much a matter of accelerating the memberships, since many countries are not prepared to join, as of desisting from the secret desire for everything to go as slowly as possible, and energetically supporting the process of reform in these countries.

Lastly, the European neighborhood, which extends from Belarus to the Caucasus (I deliberately omit the Mediterranean) presents countless problems. The model represented by the EU is very attractive, though many people there doubt that our standards of well-being, liberty and security are really within their reach. The aim would be not to bring these people to Europe, but to bring Europe to them and satisfy their aspirations. But this truly strategic view, that investment in these places is an investment in our own security and prosperity (and also in the reaffirmation of our democratic values) is very far from being widespread in the European Union, nor does it permeate to any extent our policies with regard to the Eastern European region. President Barroso, if your party is Europe, you would do well to complete it! [email protected]

This article was published in El País English Edition on 22 September 2009.

(English Translation)

Completar Europa

Azul de origen, verde con el tiempo y rojo según la ocasión, un Barroso tan astuto como camaleónico ha logrado repetir en la presidencia de la Comisión Europea, y con una mayoría a prueba de tratados. La frase “mi partido es Europa” resume perfectamente la filosofía atrapalotodo que le ha llevado a la victoria. Dándole la vuelta a la famosa frase de Neil Armstrong al llegar a la Luna, se trata de un gran paso para Barroso. Ahora bien, ¿cómo asegurarse de que no sea un pequeño paso para Europa?

De una forma tan sencilla como dramática: los próximos cinco años podrían ser recordados como la última oportunidad que tuvo Europa de ser relevante en el mundo. La crisis económica ha mostrado que, tanto hacia fuera como hacia dentro, Europa está sin completar. Claro que Europa es un orden de libertad abierto, así que será siempre un proyecto inacabado, y es bueno que así sea. Pero ello no obsta para que, mirando a esta Europa, la Europa presente, detectemos grietas, jirones, proyectos que han quedado en el aire y riesgos importantes, también oportunidades.

Hay tareas, como medirse con China, Rusia o ser un verdadero actor global, que exceden nuestra capacidad actual, pero también es cierto que hay desafíos que están enteramente al alcance de nuestra mano. Dicho de otra forma, si la Unión Europea ni siquiera puede encargarse de Europa, donde sus capacidades políticas y económicas son más que suficientes para ejercer un liderazgo decisivo, ¿con qué credenciales va a presentarse a la hora de reclamar una posición de liderazgo global?

Cuando se celebran 20 años de la caída del muro, sabemos ya que el siglo XXI será multipolar; lo que no sabemos es si habrá un polo europeo. Como pone de manifiesto la reunión del G-20 que se celebra esta semana en Pittsburgh, en las instituciones globales hay muchos europeos, pero poca Europa. ¿Hasta cuándo?

“Completar Europa” no significa buscar nuevos tratados, ni avanzar hacia una unión federal, significa tomarnos en serio nuestros propios principios y compromisos (incluidos los de ampliación), buscar la manera de poner fin a nuestras divisiones internas y restaurar nuestro liderazgo, al menos en la esfera europea. Se trataría de actuar en tres planos.

Primero, en la UE hay todavía miembros de primera y segunda clase, lo que genera divisiones internas y es una fuente de debilidad externa. Por tanto, es imperativo diseñar una estrategia para asegurar la estabilidad y prosperidad de los nuevos miembros y lograr la convergencia real entre nuevos y viejos. Esto incluiría acortar en la medida de lo posible los periodos de transición remanentes, ver la manera de extender la unión monetaria y sus beneficios a los nuevos miembros, así como aprovechar la próxima revisión del presupuesto comunitario para maximizar el impacto de las políticas estructurales.

Segundo, la Europa inacabada es también más que manifiesta en los Balcanes Occidentales, donde la Unión Europea, a pesar de haberse comprometido con la adhesión, da constantemente largas, lo que lleva a un círculo vicioso muy difícil de romper: la ausencia de una perspectiva europea creíble hace que los países candidatos flaqueen en las reformas y, a la vez, el lento ritmo de las reformas hace que la UE se muestre cada vez menos proclive a proceder a la ampliación. El plan original, consistente en admitir a Croacia, confiar en que Turquía tire la toalla y luego subir el puente levadizo, puede volverse contra la UE y afectar muy negativamente a su imagen, especialmente si Islandia termina accediendo a la UE saltándose la cola. Por tanto, no se trataría tanto de acelerar artificialmente las adhesiones, ya que muchos países no están preparados, como de dejar de desear secretamente que todo vaya muy lento en la región para así no tener que cumplir las promesas de adhesión, sino de dejar a un lado la aproximación burocrática, apoyar a fondo las reformas en estos países y restaurar la credibilidad de Europa tomándose en serio la perspectiva de adhesión.

Tercero, en la vecindad europea que se extiende desde Bielorrusia hasta el Cáucaso (omito el Mediterráneo a propósito), pese a los innumerables problemas, el modelo que representa la Unión Europea tiene todavía un enorme atractivo, aunque muchos ciudadanos duden de que nuestros niveles de bienestar, libertad y seguridad estén realmente a su alcance. En la práctica, no se trataría de traerlos a Europa, sino de asegurarnos de una forma realmente efectiva de que Europa llegue allí e impregne de verdad sus aspiraciones. Pero esa visión realmente estratégica de que invertir allí es hacerlo en nuestra seguridad y prosperidad (también en la reafirmación de nuestros valores democráticos) no está ni mucho menos extendida en la UE ni permea nuestras políticas hacia ellos con suficiente intensidad.

Presidente Barroso, si su partido es Europa, ¡complétela!

Publicado en El País el 21 de Setiembre de 2009.

 

The European Council on Foreign Relations does not take collective positions. ECFR publications only represent the views of its individual authors.

Author

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

Subscribe to our weekly newsletter

We will never send you any content that is not ECFR related. We will store your e-mail address and your personal data in accordance with our privacy policy.