Bittersweet anniversary

As Europe celebrates the 5th anniversary of enlargement, the concept of Eastern Europe is unfortunately still alive and well

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

I am part of a generation which was still able to walk across Checkpoint Charlie, wander around an East Berlin full of Trabants, take fright at the knee-length boots and inquisitorial stares of the fearsome Volkpolizei, and survey the desolate emptiness of Brandenburg Gate. Fortunately, these days the twentieth century is no more than a sepia photograph, the Berlin wall a remnant for the curious-minded, while the Red Star has become a souvenir to be found at Sunday flea-markets. The old headquarters of the German Communist Party (the SED) on the banks of the Spree canal, which once served as Hitler’s Reichsbank, today houses the Ministry of Foreign Affairs. Thus an academic like myself can claim as an anecdote to have addressed colleagues from the association of trans-European students from exactly the same podium which Erich Honecker and Egon Bahr harangued the party faithful. Our old Europe is such a fantastic place that in the same old Reichsbank and SED headquarters you can have a coffee in the glassed terrace and buy the latest books on international politics as you wait for the diplomat you’ve arranged to meet to come out to see you. That kind of normality in a city which was the epicentre of the twentieth century can seem almost surreal.

When we celebrate the twentieth anniversary of the fall of the Berlin Wall this year – which is to say, the beginning of the twenty first century – it is worth remembering how it all started in the Polish shipyards of Gdansk where a few trade unionists lost their sense of fear. To all extents and purposes, things ended when the Hungarian authorities decided to dismantle eight kilometres of barbed wire fencing along the border with Austria on the 2nd of May 1989 (almost exactly twenty years ago), allowing thousands of East Germans to flee en masse. Quite incredibly, in just three months, the Soviet block melted away through that small eight kilometre gap like a lump of sugar.

Although EU enlargement to the East would still take another fifteen years to materialise, it can be said without fear of error that European reunification began when the German Foreign Minister of the time, Hans-Dietrich Genscher, addressing the Hungarian people, solemnly promised that “we will never forget this act of humanity”. Gorbachov’s spokesman, Guennadi Gerasimov, did the rest; asked if the Breshnez doctrine, obliging the USSR to intervene in countries in its orbit straying from Communist orthodoxy, was still in force, he responded breezily that from now on Moscow would be following the Sinatra Doctrine (in reference to the song, “I did it my way“).  And so the sinister Warsaw Pact which had crushed the Hungarian and Czech revolutions of 1956 and 1968, ended on a droll note.

All of this led some of us to celebrate this May Day with special pride, the fifth anniversary as it is of the European Union’s incorrectly termed “enlargement to the East”. Incorrect, because in reality, Prague lies further west than Vienna. But as we Spaniards know all too well (having suffered the consequences of “Africa begins at the Pyrenees” for so long), geography is a political science; the notion of Central Europe (MittelEuropa) disappeared down the drain of history from the day Stalin and Churchill divided up Europe on a coffee napkin at Yalta, surviving only as a cultural and literary reference point for enlightened minorities.

Today, some claim the 2004 enlargement was carried out too quickly, as if a fifteen year pilgrimage back to Europe wasn’t sufficient. Others are quick to blame all current EU woes on enlargement, conveniently forgetting it was the French and Dutch who put paid to the European Constitution; not to mention the Atlantic divide during the Bush years which split Europe from East to West in equal measure. And there are critics who argue that we still haven’t digested this recent enlargement, as if we’d ever quite manage to digest the 1973 enlargement incorporating the United Kingdom, Ireland and Denmark! Europe was already diverse, inevitably, exasperatingly so, long before 2004.

For the above reasons, this May Day proved to be something of a bitter sweet anniversary; the sweetness lies in living in a Europe united and at peace after the terrible events of the twentieth century; the bitterness comes in the knowledge that far too few Europeans are aware what there is to celebrate, and far too many look upon the new EU members as a drag, with some even prepared to tolerate the idea of first class (privileged members of the Euro and other policies) and second class (where integration is still not complete) Europeans. The commemorative acts having finished, many of us secretly nurse the same hope that in another five years time, nobody will feel the need to celebrate anything, thus offering conclusive proof that “Eastern Europe” has ceased to exist once and for all in our political geography. [email protected]

This article was published in El País on 4 May 2009. 

(English Translation)

Translated from Spanish by Douglas Wilson

Agridulce aniversario

Soy de una generación que todavía pudo cruzar Checkpoint Charlie, pasear por un Berlín oriental lleno de Trabants, sobrecogerse ante las miradas inquisitoriales y las botas de caña alta de la temible Volkpolizei y contemplar una desolada y vacía Puerta de Brandenburgo. Afortunadamente, el siglo XX es ya hoy una fotografía en sepia, el muro de Berlín una reliquia para curiosos y la estrella roja un souvenir que se compra en los mercadillos de los domingos. La vieja sede del Partido Comunista alemán (el SED) a orillas de un canal del Spree, que antes fuera el Reichsbank de Hitler, alberga hoy al Ministerio de Exteriores así que un académico como yo puede guardar entre su colección de anécdotas el haberse dirigido a sus colegas de la asociación de estudios transeuropeos exactamente desde el mismo podio en el que Erich Honecker y Egon Bahr arengaban a los cuadros del partido. Nuestra vieja Europa es tan fantástica que en la vieja sede del Reichsbank y el SED te puedes tomar un café en una terraza acristalada y comprarte los últimos libros de política internacional mientras el diplomático con el que te has citado sale a buscarte. Tanta normalidad en una ciudad que es el epicentro del siglo XX resulta incluso surrealista.

Cuando este año celebremos el 20º aniversario de la caída del muro de Berlín, es decir, del comienzo del siglo XXI, conviene recordar que en la práctica todo comenzó en los astilleros polacos de Gdansk cuando unos pocos sindicalistas perdieron el miedo. Y, a todos los efectos, terminó cuando las autoridades húngaras decidieron, el 2 de mayo de 1989 (hace 20 años), desmantelar las alambradas en ocho kilómetros de su frontera con Austria, lo que permitió a miles de alemanes orientales huir en masa. En sólo tres meses, por ese pequeño agujero, el bloque soviético se disolvió como un azucarillo.

Aunque la ampliación al Este de la Unión Europea tardaría todavía quince años en materializarse, puede decirse sin miedo a equivocarse que la reunificación de Europa arrancó en aquel momento, cuando el entonces ministro de Exteriores alemán, Hans-Dietrich Genscher, se dirigió al pueblo húngaro y solemnemente prometió, “jamás olvidaremos este acto de humanidad”. El resto lo puso el portavoz de Gorbachov, Guennadi Gerasimov, que preguntado acerca de si seguía vigente la Doctrina Bréznev, que obligaba a la URSS a intervenir en cualquier país de su órbita que se desviara de la ortodoxia comunista, despreocupadamente respondió que en adelante Moscú seguiría la Doctrina Sinatra (en referencia a la canción A mi manera, I did it my way). Un divertido final para un siniestro Pacto de Varsovia que había aplastado las revoluciones húngara y checa en 1956 y 1968.

Todo ello nos ha llevado a algunos a celebrar con especial orgullo el 1 de mayo pasado, quinto aniversario de la mal llamada “ampliación al Este” de la UE. Mal llamada “al Este” dado que, en realidad, Praga está más al Oeste que Viena. Pero como sabemos los españoles (que sufrimos durante mucho tiempo las consecuencias del “África comienza en los Pirineos”), la geografía es una ciencia política, así que desde que Stalin y Churchill se repartieran Europa en la servilleta que acompañaba a su café en Yalta, la noción de Europa Central desapareció en el sumidero de la historia, quedando sólo como una referencia cultural para minorías ilustradas.

Hay quienes dicen hoy que la ampliación del 2004 se hizo demasiado rápido, como si quince años de peregrinaje para volver a Europa fueran pocos. Tampoco faltan los que achacan a la ampliación todos los males que aquejan a la UE, olvidando que fueron franceses y holandeses los que nos privaron de una Constitución Europea. Sin olvidar la brecha atlántica que en tiempos de Bush dividió a Europa, que recorrió Este y Oeste de Europa a partes iguales. Y también están los que dicen que no hemos digerido esta ampliación, ¡Como si hubiésemos digerido la de 1973 al Reino Unido, Irlanda y Dinamarca! Europa ya era inevitable y exasperantemente diversa antes de 2004.

Por eso, este 1 de mayo ha sido un aniversario agridulce: dulce porque Europa está unida y en paz después de un terrible siglo XX, pero agrio, porque son pocos los que saben lo que tienen que celebrar, muchos los que consideran a los nuevos miembros como una rémora y demasiados los que están dispuestos a aceptar que siga habiendo europeos de primera (miembros privilegiados del euro y otras políticas) y de segunda (cuya integración sigue incompleta). Terminados los actos conmemorativos, muchos albergamos la misma secreta esperanza: la de que dentro de cinco años no sea necesario celebrar nada, lo que ofrecerá la prueba definitiva de que “Europa del Este” ha dejado de existir definitivamente en nuestra geografía política.

Publicado en El País el 4 de mayo de 2009

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