Trump y Siria: ¿comienza el enredo?

Gran parte de la oposición siria y sus partidarios regionales verán los ataques estadounidenses como el principio de algo mucho peor. 

Director, Middle East and North Africa programme
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Gran parte de la oposición siria y sus partidarios regionales verán los ataques estadounidenses como el principio de algo mucho peor. 

Después de seis años de conflicto en Siria, Donald Trump ha pasado por alto los continuos intentos de su predecesor por mantener a Estados Unidos fuera de la guerra, lanzando misiles contra una base aérea del gobierno sirio cerca de la ciudad de Homs. Los ataques fueron en represalia por el supuesto uso de armas químicas de Bashar al-Assad, posiblemente gas sarín, que mató a más de 100 personas.

Mientras que Trump justificó los ataques bajo el único pretexto de enviar un mensaje claro de que el uso de armas químicas no será tolerado, su impacto es probable que sea mucho más significativo. Muchos dan la bienvenida a una contundente respuesta estadounidense ante la descarada brutalidad del régimen de Assad y, tal vez, sirva para asegurar que las armas químicas no vuelven a ser empleadas. Sin embargo, la intervención estadounidense corre ahora el riesgo de jugar un papel muy peligroso.

Para aquellos que se preocupan por la difícil situación de los sirios, de los cuales hasta medio millón están muertos, así como por los intereses occidentales asociados en términos de radicalización y flujos migratorios, el impacto de los ataques estadounidenses en esta dinámica más amplia debe seguir siendo el foco central.

Al igual que los ataques propuestos por Barack Obama en 2013, cuando Assad utilizó gas sarín para causar un efecto devastador en el este de Ghouta, la intervención estadounidense fue específica y muy limitada.

Estados Unidos dice que no habrá más medidas inmediatas. Y, en primera instancia, estos limitados ataques no tendrán mucho impacto en la situación sobre el terreno, sin embargo, una vez que Estados Unidos se mete en un conflicto, rara vez logra contener sus ambiciones, y mucho menos las de sus aliados. La guerra civil siria se ha convertido en una guerra civil cada vez más compleja e internacionalizada. La incorporación de más grupos enfrentados, mayores armamentos, e incluso un potencial enfrentamiento entre EE. UU. y Rusia, provocan una mezcla a punto de explotar.

Estos ataques, por lo tanto, pueden provocar un nuevo ciclo de escalada, reactivando a todas las partes e intensificando la guerra. Tanto más cuanto que el secretario de Estado, Rex Tillerson, manifestó un aparente compromiso renovado de Estados Unidos con el cambio de régimen, cerrando esencialmente la puerta a un cambio rápido hacia una vía política viable. Mientras que la administración dice que ahora apoya un proceso político para destituir al presidente sirio, esto es un callejón sin salida debido a la posición arraigada de Assad sobre el terreno, algo que Estados Unidos todavía no está listo para cambiar militarmente. Tampoco hay indicios de que sus aliados lo abandonen de repente.

Para un significativo número de personas que presionan para una intervención de Estados Unidos – tanto en 2013 como en la actualidad – la cuestión de las armas químicas ha sido durante mucho tiempo un medio para un fin más profundo: intensificar la intervención estadounidense que se ocupa de Assad. Gran parte de la oposición y sus partidarios regionales verán los ataques estadounidenses como el principio de algo mucho peor. Los Estados regionales que ya están presionando a la oposición para que no se doblegue en las negociaciones de paz patrocinadas por las Naciones Unidas, pueden ahora re-energizar su apoyo material a la oposición armada. Assad y sus partidarios, aunque probablemente estén dispuestos a superar estos ataques iniciales de los Estados Unidos con una respuesta relativamente limitada, a su vez casi seguramente redoblarán sus propias posiciones.

Mucho dependerá ahora de si Trump es capaz de contener y transmitir claramente el mensaje de que Estados Unidos no tomará más medidas militares, incluyendo la adopción de una postura renovada hacía una vía política viable (que, si va a hacer cualquier progreso, no puede centrarse en la cuestión de una transición inmediata).

Sin embargo, Trump se enfrentará a una presión considerable para lograr un cambio de régimen, un resultado al que aparentemente está ligada la credibilidad de su administración. Combinado con un deseo claro de diferenciarse de la debilidad percibida con Obama, Trump puede encontrar muy difícil resistir el aumentar la participación de Estados Unidos en el conflicto. Con la administración situando a Irán en el punto de mira desde que llegó al poder, y Moscú respondiendo a estos ataques iniciales cortando los canales de resolución del conflicto militar con Estados Unidos sobre Siria (de una manera que también podría obstaculizar severamente los esfuerzos occidentales contra el grupo Estado islámico), la posibilidad de un enfrentamiento peligroso es claro.

Al final, el flagrante uso de armas químicas por parte de Assad ha requerido una respuesta. Sin embargo, al no vincular la respuesta a una estrategia más amplia y viable, los ataques corren el riesgo de provocar un conflicto aún mayor y dejar a Estados Unidos vulnerable a ser arrastrado, lenta pero inexorablemente, hacia una nueva guerra regional.