La inseguridad europea tras Crimea, aviso a navegantes

La anexión exprés de Crimea ha puesto sobre la mesa una cuestión que los europeos occidentales, tras décadas de cómoda seguridad, hemos olvidado, pero que es existencial para los países del espacio post-soviético llamando a nuestras puertas: la continua necesidad de garantías de seguridad en Europa. Leer todo en elmundo.es

ECFR Alumni · Head of ECFR Madrid Office & Policy Fellow

La anexión exprés de Crimea ha puesto sobre la mesa una cuestión que los europeos occidentales, tras décadas de cómoda seguridad, hemos olvidado, pero que es existencial para los países del espacio post-soviético llamando a nuestras puertas: la continua necesidad de garantías de seguridad en Europa.

La falta de una garantía de seguridad o su violación están en las raíces de los principales conflictos entre estados en la Europa moderna. Asimismo, la falta de solidaridad y compromiso con las garantías dadas, como bien saben checos y eslovacos, inevitablemente inducen a poderes en fase imperialista y de revanchismos, al exceso y errores de cálculo.

En los distintos altibajos de la relación con Rusia tras el final de la Guerra Fría se encuentra su pretensión de refundar la arquitectura de seguridad europea y adoptar nuevas garantías de seguridad conforme a sus intereses. Para Rusia, el orden europeo, definido en torno a tres ejes básicos -una OTAN como eje de defensa colectiva (y plataforma del poder americano en Europa), una UE política y económica y una OSCE como foro político y de seguridad- es injusto, representativo sólo de Occidente y no acorde con su papel de potencia. A ello une la percepción de amenaza directa a sus intereses por la ampliación al Este de la OTAN y -para sorpresa de Bruselas- de la UE.

Así, Rusia ha lanzado varios avisos de navegantes. Uno fue la guerra de Georgia en 2008, poco después de una Cumbre de la OTAN en Bucarest, que abría -ambiguamente- la vía atlántica a Georgia y Ucrania. El segundo aviso, en la etapa inicial de la crisis de Ucrania, fue la presión para frenar, no ya la ampliación de la OTAN, sino a una ampliación aguada de la UE a través del Acuerdo de Asociación.

Rusia ha combinado esta agenda de fuerza y presión con una agenda de iniciativa diplomática para una nueva arquitectura de seguridad europea, y cuyo elemento central es el mutuo reconocimiento de garantías de seguridad en un tratado internacional. Más allá de progresos puntuales, el problema de fondo no tiene clara solución: una garantía de seguridad para Rusia, que, de facto, fagocite el papel de la OTAN y acepte el principio de esferas de influencia, otorgándole -como muestra Ucrania- la prerrogativa de determinar qué alianzas pueden o no elegir ciertos Estados, en contra de principios básicos del Acta Final de Helsinki.

A este dilema se une, ya sin medias tintas, la agenda neozarista y revisionista del Kremlin de Putin. La anexión de Crimea es el tercer aviso a navegantes, sobre todo a aquellos países del espacio post-soviético sin garantías de seguridad, como Moldavia, y virando a Occidente – y, quién sabe, a algunos aliados.

Rusia ha destrozado impunemente las garantías otorgadas en el Memorando de Budapest de 1994 (junto a EEUU y Reino Unido) a un país soberano que, como contrapartida, renunció a su gran arsenal nuclear. Con ello destroza la confianza necesaria para el diálogo de seguridad en Europa que legítimamente había planteado y resta credibilidad a su propia agenda diplomática.

Hay dos mensajes más que hacen que, de nuevo, la inestabilidad podría no limitarse a un país lejano de cuya gente sabemos poco. Uno, para los proliferadores nucleares en un contexto de mayor competición geopolítica, donde de la agenda de Obama en Praga, de desnuclearización, pasaremos al minimalismo de la reciente Cumbre de Seguridad Nuclear en la Haya. Y, dos, de impunidad para otros poderes golosos. Por eso, entre otras medidas, son legítimas las sanciones, no ya para recuperar Crimea, sino como disuasión frente a una escalada de aventurismos y revanchismos, en el Este y más allá.