Juegos malabares de Crimea a Cardiff

La agenda neozarista de este Kremlin tan dado a referencias históricas, étnicas y religiosas, más que a la Guerra Fría, recuerda al mundo de ayer que Stefan Zweig describió brillantemente: la Europa de la embriaguez revanchista, los orgullos nacionales siempre heridos y los paseos militares hacia la destrucción (propia y ajena) y las generaciones perdidas. Leer todo en elmundo.es

ECFR Alumni · Head of ECFR Madrid Office & Policy Fellow

La agenda neozarista de este Kremlin tan dado a referencias históricas, étnicas y religiosas, más que a la Guerra Fría, recuerda al mundo de ayer que Stefan Zweig describió brillantemente: la Europa de la embriaguez revanchista, los orgullos nacionales siempre heridos y los paseos militares hacia la destrucción (propia y ajena) y las generaciones perdidas. Por tanto, ahora que, cortesía de Putin, la OTAN revive, hay que tener claro dónde queremos ir y dónde no queremos que nos lleven los tambores de guerra de otros. Así, los jefes de Estado y de Gobierno de la OTAN que se reunirán este septiembre en Cardiff tendrán que abordar cinco dilemas básicos o, más bien, juegos malabares.

Uno, cómo reforzar el principio de defensa colectiva del artículo 5 del Tratado de Washington, reafirmando la solidaridad con los aliados más expuestos a esta ola de inestabilidad del Este (que tenían, admitámoslo, bastante razón con sus advertencias sobre la concupiscencia del poder ruso), y fortaleciendo la disuasión. Ello precisa más presencia militar en el Flanco Este, eso sí, manejando con máxima frialdad los tiempos y grados de implicación para no perder el control de lo que ya es una escalada mutua con un Kremlin que vive de la paranoia antioccidental.

Dos, cómo lograr que este refuerzo del Flanco Este no descuide las preocupaciones de algunos aliados respecto al Flanco Sur, que incluye la inestabilidad creciente en África del Norte y Oriente Próximo, además de yihadismo y estados fallidos en el Sahel. Ello precisa grandes compromisos y solidaridad recíproca para superar en lo posible la actual fragmentación de la Alianza, a través de una mayor cooperación estratégica Este-Sur, lo que convierte a Polonia y España en aliados clave.

Peligrosas tensiones en Asia

Tres, cómo evitar que este sano recordatorio de la misión original de la OTAN merme una agenda con otros desafíos como la continua inestabilidad en Af-Pak tras el repliegue occidental o las peligrosas tensiones en Asia, donde no hay una arquitectura de seguridad preventiva. Sin repetir misiones como la de Afganistán, la OTAN (y la UE) tendrá que tejer cooperaciones más ambiciosas con nuevos actores regionales, por ejemplo, a través de programas de formación de fuerzas armadas bajo estándares democráticos, intercambios de información, etc.

Cuatro, cómo hacer todo esto en esta Europa de recursos decrecientes y de profunda introspección sociopolítica, de la que los eurófobos son sólo un síntoma. Falta un liderazgo político que, a contracorriente, muestre los riesgos de destruir capacidades de defensa, multiplicando nuestras vulnerabilidades y dependencias de otros – sea Moscú o Washington. Pues, al igual que en educación, sanidad y ciencia, hay que invertir más en defensa y en la puesta en común de capacidades con socios europeos. La seguridad no sale gratis y el paraguas americano se acaba.

Cinco, cómo, más allá de excesos de poder o abusos de confianza (Snowden, Irak) y profundas diferencias, recrear una nueva relación transatlántica menos de playas de Normandía y más de comercio, inversiones y también solidaridad. Y ello sin recaer ni en el servilismo a un EEUU que seguirá intentando virar al Pacífico, ni en palabrería sobre una Europa Política no acompañada de hechos.

Ésa es, a muy grandes rasgos, la agenda de seguridad de la Alianza y de Europa en su conjunto para el mundo que viene. Si otros viven aún en el de ayer, tenemos que, en lo posible, contener sus impulsos imperialistas y delirios de grandeza, defendiendo nuestros intereses y la estabilidad internacional – y evitando que nos arrastren al pasado. Pues, francamente, tenemos más problemas sobre la mesa.