Hablar con Rusia

La mala comunicación con Rusia y la narrativa antieuropea se configuran como factores de tensión en el Este

Rusia sigue siendo una de las prioridades de la política exterior europea y un factor clave en la seguridad de Europa en general. La gran pregunta es si es o puede ser socio estratégico, como insisten algunos Estados miembros, incluido España, o una fuente de riesgos y amenazas y, en fin, preocupaciones para una Europa demasiado burocratizada y con problemas de comunicación con su gran vecino oriental. Para algunos expertos, la mutua ausencia de eficaces canales de entendimiento entre Rusia y la Unión Europea ha contribuido de forma determinante a la escalada del conflicto en Ucrania y en Crimea. De esta manera, tal y como afirma Kadri Liik, experta de ECFR sobre Rusia, en “How to talk with Russia“, «marcos diferentes combinados con una mala comunicación han derivado, con el tiempo, en narrativas antagónicas que se perpetúan por sí solas», y que han impedido evitar la crisis en el Este de Europa.

Las aproximaciones llevadas a cabo hasta ahora en Occidente han resultado infructuosas. La contención de Rusia no puede derivar en la vuelta de antiguos discursos propios de la Guerra Fría. Ello abriría la oportunidad al régimen autoritario de Putin de cohesionar al pueblo ruso en torno a un enemigo común con el objetivo de perpetuarse en el poder. Por otra parte, como se insiste por algunos expertos, un acuerdo “geopolítico” sobre esferas de influencia sería imposible en la práctica –además de contrario a los pilares europeos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. En nuestras sociedades modernas, no es ya posible una vía de coacción como en la Guerra Fría. Asimismo, esta extraña mezcla entre el mantenimiento de las sanciones y la búsqueda de fórmulas para integrar a Rusia en el orden europeo corre el riesgo de no ser entendida por Rusia.

Al final, la búsqueda de cooperación con una Rusia completamente desconectada de las dinámicas de política exterior europeas está abocada al fracaso. El foco ha de estar puesto en las diferencias que nos separan, y no en los puntos de convergencia. Es imprescindible llevar a cabo un claro diálogo donde se racionalicen las diferencias y se dejen a un lado las emotividades de los discursos antirrusos o antioccidentales. Sin entender las diferencias no se puede abordar la cooperación con Rusia, por lo menos no sin un cambio sustantivo en el régimen interno en Rusia.

Dentro de este debate sobre el modo en que nos comunicamos con Rusia, es importante, como sostiene Francisco de Borja Lasheras en “¿Otra Rusia?“, observar cómo la narrativa antioccidental, la propaganda antieuropea y el discurso maniqueo conservador, lenguaje hegemónico bajo el gobierno de Putin, han conseguido insertarse en el imaginario de un «pueblo conservador y necesitado de referencias colectivas en un contexto de incertidumbre y vacío moral», en una exitosa estrategia de alienación rusa hacia Europa, acompañada de una tradicional política de represión.

Durante toda la década anterior, la percepción que los rusos tenían de Europa había ido en progresión ascendente. Una significativa minoría urbana se occidentalizó y modernizó ante las oportunidades que se abrieron con la época de crecimiento que atravesó Rusia a principios de los 2000, propiciada por el crecimiento de los precios del petróleo. En palabras de Maria Lipman en “What Russia thinks of Europe“, «muchos jóvenes rusos, abiertos y emprendedores, viajaron a Occidente, mayoritariamente a Europa, para adquirir experiencia y disfrutar las oportunidades de estudiar en el extranjero, becas, trabajo académico y cooperación con socios occidentales». Ello generó un segmento social más libre respecto de la mayoría más conservadora, pero esa población aperturista se vio abocada al ostracismo con la vuelta de Putin al poder en 2011, recuperando el sentimiento antieuropeo y condenando las nuevas prácticas sociales con tintes occidentalistas.

El deterioro político y democrático en la Rusia de Putin ha contribuido al empeoramiento de las relaciones con Occidente, y es una realidad que gran parte de esa otra Rusia opta por el exilio. Sin embargo, «es casi una quimera frenar tales procesos de regresión colectiva y consolidación autoritaria sin un cambio político profundo, revolucionario».

En definitiva, la personalidad del líder y de su sistema van a condicionar las relaciones con Rusia y presentes y futuras tensiones. Hasta ese momento en que otra Rusia pase página de este lenguaje político, antieuropeo y anti-occidental que impera hoy en Rusia, habremos de conformarnos con trabajar en lo que nos diferencia, con canales abiertos de comunicación, si queremos evitar escaladas mayores en nuestro vecindario del Este.