Embryo states

Everyone's talking about the BRICs. But we shouldn't forget about the territories trying to become states. Kosovo, Palestine, Taiwan and East Timor: they're all looking for our attention, and in some cases make better 'states' that the recognised ones.

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

Earlier this month I talked about BRICs, states which by different ways are advancing firmly toward membership in the big-power club. But today’s theme is going to be the embryo states — as yet unborn, still pecking at the eggshell or newly hatched. In most cases they have their origin in a failure of the mother state, or in a state’s failure to impose itself by force on a geographically concentrated ethnic minority.

In biological terms, these states are at the other end of the evolutionary chain: their populations are normally small; their history, traumatic, dominated by wars and ethnic conflict; their national identities, doubted; their neighbours, generally hostile; their political and economic viability, more than questionable. The international community regards them with a mixture of contempt and concern, and generally delays or refuses the recognition that would allow them to prosper. Yet they keep on struggling to survive. Like chicks, some manage to break the eggshell, but others become failed states or are reabsorbed into bigger states. Some remain in a no man’s land.

East Timor and Western Sahara arrived late at the decolonization process, and were colonised by states that had themselves just been decolonised, tragically changing one colonial power for another. But Timor was able to exercise self-determination and became a democracy, while the Sahara was trapped, first in the geopolitical nets of the Cold War, and later in the West’s fear of Islamism. Kosovo and Palestine both have the bad luck that parts of their territory have a holy or foundational character for their dominators. But here the outcomes have been different. In the face of Serbian intransigence, the United States gave the last peck to hatch the Kosovar state, but Washington is unwilling to support a Palestinian declaration of independence.

One odd case is Somaliland, a small territory which broke away from Somalia in 1991 and which has just held its second democratic elections. Free elections in the Horn of Africa are newsworthy in themselves, but if, on top of this, the opposition wins, and the government hands over power peacefully, it is more like a miracle. In Ethiopia, Kenya and Zimbabwe in recent years, the governments of internationally recognised states lost the elections, then fixed them to win, and got away with it. Yet the international community drags its feet about recognising this young state, which can apparently give lessons in democracy not only to its parent state Somalia, the classic failed state, but to all its neighbours.

In most cases these embryo states are not sustainable or viable on their own: for survival they require international recognition, the need for which becomes a stimulus. In spite of clichés, Kosovo has one of the lowest crime rates in Europe (below Sweden); Prime Minister Salam Fayyad’s Palestinian government is amazing the international community with the seriousness of his reforms; and the “rebels” in southern Sudan are carefully preparing the independence referendum included in the 2005 peace agreement.

Since divine-right theories went out of vogue, a state’s raison d’être is its capacity to protect the lives and liberties of the people who live in a given territory. But sovereignty is often a mere license for robbery and repression. Experts such as Pierre Englebert have proposed international “de-recognition” of states that have become kleptocratic tyrannies with no prospect of improvement. However, new states are being born into a Hobbesian world where there is no glimmer of justice or equity, but only a struggle for survival where chance, circumstances and, above all, the geopolitical godfathers that one may have at a given moment, determine your chances of success. Consider democratic Taiwan, which year by year keeps losing international recognition in favour of China, the world’s biggest dictatorship.

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This article was published in El País English edition on 20 July 2010.

(English translation)

Estados-embrión

La semana pasada hablaba de los BRICs o países emergentes, Estados que bajo diferentes configuraciones y etiquetas avanzan con paso firme para hacerse un hueco entre los grandes. Pero hoy toca tratar con los Estados-embrión, aquellos que todavía no han nacido, que están intentando romper el cascarón o que acaban de asomarse al mundo. En la mayoría de los casos, su origen está en un fallo sistémico en el Estado matriz o en el intento (fracasado) de un Estado de imponerse por la fuerza a una minoría étnica concentrada geográficamente.

Por decirlo en términos biológicos, se encuentran en el extremo opuesto de la cadena alimentaria: sus poblaciones suelen ser pequeñas; su historia, traumática, a menudo dominada por las guerras o los conflictos étnicos; sus identidades nacionales, controvertidas; sus vecinos, generalmente hostiles; su riqueza, escasa; y su viabilidad política y económica, más que cuestionable. Para colmo, la comunidad internacional suele recibirlos con una mezcla de desdén y preocupación y suele demorar o negarles el reconocimiento que les permitirá prosperar. Y, pese a todo, pugnan por sobrevivir. Como los polluelos que rompen el cascarón, algunos de ellos triunfarán, pero otros fracasarán y se convertirán en Estados fallidos o serán reabsorbidos por Estados más grandes; alguno incluso se quedará en tierra de nadie.

Timor Oriental o el Sáhara Occidental llegaron tan tarde a la descolonización que fueron colonizados por los que acababan de ser descolonizados. Trágicamente, salieron de una potencia colonial para caer en manos de otra. Sin embargo, el primero (Timor) pudo ejercer su derecho a la autodeterminación y convertirse en una democracia mientras que el segundo (el Sáhara) quedó atrapado, primero en las redes geopolíticas de la guerra fría y, después, en el miedo al islamismo en Occidente. Kosovo y Palestina tienen la mala suerte de que partes de su territorio tienen un carácter cuasi-sagrado o fundacional para sus dominadores. Pero aquí también los desenlaces son distintos: mientras que, ante la intransigencia serbia, EE UU dio el último picotazo que permitió ver la luz del día al cascarón kosovar, Washington se resiste a apoyar una declaración de independencia del Estado palestino.

El caso paradójico es Somaliland, el pequeño territorio desgajado de Somalia en 1991 que acaba de celebrar sus segundas elecciones democráticas. Unas elecciones libres en el cuerno de África son el colmo, pero si encima las gana la oposición y el Gobierno entrega pacíficamente el poder, se acercan ya el milagro. En Etiopía en 2005, Kenia en 2007 y Zimbabue en 2008, los Gobiernos de Estados reconocidos internacionalmente perdieron unas elecciones, las amañaron para ganar y se salieron con la suya. Y, sin embargo, la comunidad internacional demora su reconocimiento a este joven Estado que, sin ninguna duda, puede dar lecciones de todo no sólo a su Estado matriz, Somalia, arquetipo del Estado fallido, sino a todos sus vecinos.

En la mayoría de los casos, estos Estados-embrión no son sostenibles ni viables por sí mismos: para sobrevivir dependen de que la comunidad internacional los adopte temporalmente. Pero para ello deben lograr el máximo grado de reconocimiento internacional. Esa necesidad de reconocimiento es lo que se convierte en un acicate: pese a los tópicos, Kosovo tiene uno de los índices de criminalidad más bajos de Europa (por debajo de Suecia); el Gobierno palestino de Fayad está deslumbrando a la comunidad internacional por la seriedad de sus reformas y los rebeldes del sur de Sudán preparan con cuidado el referéndum de independencia previsto en los acuerdos de paz de 2005.

Desde que superamos las monarquías absolutas de derecho divino, la única justificación de la soberanía de un Estado reside en su capacidad de proteger las vidas y libertades de las personas que viven en un territorio. Pero en muchos lugares del planeta, la soberanía se ha convertido en una mera patente de corso para robar y reprimir a la población. No extraña que expertos como Pierre Englebert propongan el “desreconocimiento” internacional de aquellos Estados que se hayan convertido en tiranías cleptocráticas sin viso de mejoría. Desgraciadamente, los nuevos Estados vienen a un mundo hobbesiano en el que no hay asomo de justicia ni equidad sino una mera lucha por la supervivencia donde el azar, las circunstancias y, sobre todo, los padrinos geopolíticos que uno tenga en cada momento determinarán las posibilidades de éxito. Pregúntenle si no a la democrática Taiwan, que año tras año va perdiendo reconocimiento internacional a favor de una China que es la dictadura más grande del planeta. A veces, para poner las cosas en perspectiva, hay que irse al cuerno (de África).

Este artículo fue publicado en El País el 12 de julio de 2010.

The European Council on Foreign Relations does not take collective positions. ECFR publications only represent the views of its individual authors.

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Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

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