Who is afraid of a ruthless Europe?

A survey carried out after the Irish referendum outlines a very worrying landscape for the future of European integration

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

Who’s afraid of a ruthless
Europe?


(English
Translation)

As the European Union tries to recover from the
hangover of the Irish no vote, information is coming to light which provides
some understanding of the events which took place on June 12th. A
survey* carried out immediately after the referendum outlines a very worrying
landscape for the future of European integration.

First of all, the poll shows that the Irish government
failed to take the referendum seriously enough. Half of those who abstained and
one of every four “no” voters attributed their decision to a lack of
information regarding the Treaty. Besides, the study also showed that the
arguments of campaigners in favour of the yes vote were far from being persuasive,
so much so that even supporters of the Lisbon Treaty described the opposition
campaign as more convincing. Taking into account that a majority of voters
claim to have made up their minds during the campaign itself (a third of those
polled even confessed to having switched allegiance as a result of it) the outcome
is not as surprising as it might at first have seemed.

But more importantly, the study demonstrates that the
European Union not only suffers communication problems, but also has a severe
legitimacy deficit within certain sections of society and, equally, a
significant generational problem. Whilst people over the age of 55 voted in
favour of the Treaty (by as much as twenty five percent), along with professionals
and businessmen (by a considerable twenty percent) and amongst people with higher
education (a fourteen percent difference), the no vote won hands down (by an
incredible fifty percent) amongst manual workers, voters under the age of
thirty (by thirty percent) and women (by twelve percent).

This polarisation of Irish public opinion is in keeping
with something which can be observed in other member states as well; for the working
class, European integration and globalization are two sides of the same coin. In
the same way that a clear majority of Europeans (63%) think globalisation
benefits business rather than ordinary people, a growing segment of public opinion
perceives integration as a project with a fundamentally economic agenda, liberal
in its essence, which constitutes a threat to job security.

Are there reasons to fear Europe?
There certainly are. Since the nineteen eighties, policies to create and liberalise
markets have been driven forward very rapidly, giving rise to an economic and
monetary union in which goods, capital, people and services all flow freely.
However, policies geared to market correction or related to wealth redistribution
(health, education, fiscal policy, pensions, environment etc.), have either
advanced very sluggishly or have remained confined to the national arena,
perceived as unworkable or lacking viability by Europeans. Such a skewed
European integration leads to social tensions which are ignored at the risk of
a grave legitimacy crisis, some of the effects of which have already manifested
themselves. Demonstrations in Brussels
against the Commission’s policies have long been seen, but the burning of the European
flag by protestors is a recent development (and a symbolic effort worth noting
given the price of fuel).

What this means is that Euro scepticism has a rational
and not merely sentimental basis, which is frequently how it is explained away.
An overwhelming majority (85%) of those polled valued Ireland’s EU membership positively
and want it to continue, but at the same time, there are economic and social demographics
which do not benefit as much as others from integration, leading to discontent
being voiced when the opportunity arises.  

Just as worrying as this social rupture is the
disconnect with younger voters which the study reveals. The European Union has
lived off the feelings of identification built on the ruins of the Second World
War. But whilst studies show that Franco-German reconciliation continues to
move Europeans over the age of 55, it can hardly act as an engine for
Europeanism amongst younger generations. Without a narrative glue of its own
beyond the success of the European single market, it is difficult for the EU to
fix an identity in the minds of younger generations. Will this rich, male and
elderly Europe disappear along with those who
support it today? Or will it continue in older, highly educated, male hands
indefinitely?

* Flash Eurobarometer 245, European Commission, June
2008.

Translated by Douglas Wilson

  

¿Quién teme
a la Europa feroz?


El Pais, 30 June 2008

Mientras la Unión Europea intenta recuperarse
de la resaca provocada por el no
irlandés, vamos conociendo algunos datos que nos permitan entender qué pasó el
12 de junio. Un estudio de opinión* llevado a cabo inmediatamente después del
referéndum dibuja un panorama muy preocupante para el futuro de la integración
europea.

En primer lugar, el sondeo muestra que el
Gobierno irlandés no se tomó el referéndum lo suficientemente en serio. La
mitad de los que se abstuvieron y uno de cada cuatro de los que votaron no lo achacaron a la falta de
información acerca del Tratado. Además, el estudio también muestra que los promotores
del fueron tan poco persuasivos en
sus argumentos que hasta los partidarios del Tratado de Lisboa consideraron que
la campaña de la oposición había sido más convincente. Teniendo en cuenta que la
mayoría afirmó haber decidido su voto durante la campaña (un tercio incluso
confesó haber cambiado de opinión gracias a ella), el resultado no es tan
sorprendente como pudiera parecer.

Pero de forma más importante, el estudio pone
de manifiesto que la Unión Europea no sólo tiene dificultades de comunicación,
sino un severo déficit de legitimidad en algunos sectores sociales y, a la par,
un importante problema generacional. Por un lado, el se impuso claramente entre los mayores de 55 años (por nada
menos que veinticinco puntos de diferencia), profesionales y empresarios (por
una nada despreciable diferencia de veinte puntos de diferencia) y entre las
personas con estudios superiores (por catorce puntos). Al otro lado, el no ganó abrumadoramente (¡por la
increíble cifra de cincuenta puntos!) entre los trabajadores manuales, entre
los menores de treinta años (por treinta puntos) y entre las mujeres (por doce
puntos).

Esta polarización de la opinión pública
irlandesa es coherente con algo que se observa también en los otros Estados
miembros: que para la clase trabajadora, integración europea y globalización
son dos caras de la misma moneda. Así, al igual que una mayoría clara de
europeos (63%), considera que la globalización beneficia a las empresas, no a
los ciudadanos, un sector creciente de la opinión pública europea percibe la
integración como un proyecto de contenido fundamentalmente económico y de corte
liberal que amenaza su seguridad en el empleo.

¿Hay razones para temer a Europa? Desde luego.
Desde los años ochenta, las políticas de creación y liberalización de mercados
han avanzado muy rápidamente, dando lugar a una unión económica y monetaria con
plena libertad de circulación de bienes, capitales, servicios y personas. Sin
embargo, las políticas correctoras de mercado o de carácter redistributivo
(sanidad, educación, fiscalidad, pensiones, medioambiente, etc.), o han
avanzado muy lentamente o han quedado confinadas en el ámbito nacional, siendo
percibidas como inoperantes o carentes de viabilidad por los ciudadanos. Este
carácter sesgado de la integración europea provoca tensiones sociales que no se
pueden ignorar, so pena de conducir a una grave crisis de legitimidad cuyos
efectos son ya evidentes. Las manifestaciones en Bruselas contra las políticas
de la Comisión son habituales pero nunca se había visto, como hasta ahora,
quemar banderas europeas (dado el precio del combustible, se trata de un
esfuerzo simbólico que merece la pena anotar).

Por tanto, el euroescepticismo tiene una base
racional, no meramente sentimental, como a veces se pretende. Una abrumadora
mayoría  de los irlandeses (el 85%)
valora positivamente la pertenencia de su país a la Ue y desea seguir perteneciendo a ella, pero al mismo tiempo,
hay sectores económicos y sociales que no se benefician de la integración tanto
como otros, lo que les lleva a manifestar su descontento en cuanto tienen la
oportunidad.

Tan grave como la fractura social que apunta
el sondeo es la fractura generacional. La Unión Europea ha
vivido hasta la fecha de los sentimientos de identificación forjados sobre las
ruinas de la segunda guerra mundial. Pero la reconciliación franco-alemana,
aunque a la luz de los sondeos todavía conmueva a los mayores de 55 años,
difícilmente constituye un motor de europeísmo para las generaciones más
jóvenes. Sin una narrativa propia distinta de los logros del mercado interior,
es difícil que la UE encuentre un anclaje identitario entre las generaciones
más jóvenes. ¿Desaparecerá esta Europa masculina, rica y vieja cuando lo hagan
aquellos que hoy la apoyan o seguirá indefinidamente en manos de los varones, más
cualificados y de mayor edad?

* Eurobarómetro Flash 245, Comisión Europea,
junio de 2008.

 

The European Council on Foreign Relations does not take collective positions. This paper, like all publications of the European Council on Foreign Relations, represents only the views of its authors.

Author

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

Subscribe to our weekly newsletter

We will never send you any content that is not ECFR related. We will store your e-mail address in our database so we can send you the newsletter. You can find more info about the processing of your personal data here.