Of summits, walls and ‘pigs’

Twenty years after the fall of the Berlin Wall, divisions between the East and West remain too wide

Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow

On Sunday, the EU-27 met at an emergency Summit convened by the Czech presidency to try to defuse some of the tensions which have built up during recent weeks following accusations of protectionism exchanged between some EU members recently. Significantly, just a few hours before the official summit, nine Central and Eastern European countries met in the Polish embassy in Brussels to coordinate their positions and make their unease with the oldest members of the EU visible. Both meetings, outside the official calendar and without specific objectives, attest to the extent to which the current crisis is straining the delicate fabric of European integration.

Among the most unfortunate declarations of recent weeks was President Sarkozy’s demand that aid for the French car industry not end up going to other countries, though British Prime Minister Gordon Brown also had his moment in the limelight with his xenophobic call of “British jobs for British workers”. We even had a “buy Spanish” outburst of our very own here in Spain, courtesy of the Minister of Industry.

As we approach the 20th anniversary of the fall of the Berlin Wall, it causes real consternation to see just to what extent European unification is unfinished business and, above all, how far we are away from the “de facto solidarity” the union’s founding fathers made their rallying cry on May 9th 1950.

Back in 2003, during the dispute over the Iraq war, the then-French President Jacques Chirac had the bright idea of telling the new members from Central and Eastern Europe to shut up. Chirac’s words faithfully reflected misgivings in France towards the new members, much too liberal and pro-American for its liking. The image of France in the region suffered greatly, despite Paris historically being an important political and cultural reference there. The arrival of Nicolas Sarkozy seemed to point to a change; his Hungarian lineage, greater inclination towards the free market, and different approach to Washington were impossible signs to ignore. Unfortunately, the gap in feeling between the two Europes has not closed; on the contrary, it has got a good deal worse due to the overlap of French and Czech presidencies of the EU, which has led to a real clash of institutional egos.

The Eurosceptic Czech President Vaclav Klaus provided the counterpoint to Sarkozy’s gaffe. In a widely reported speech to the European Parliament last week, Klaus attacked the European Union, comparing it to the Soviet Union. A well known climate-change denier, Klaus has become a kind of euro Hugo Chavez, a neo-liberal hysteric who, despite not performing executive duties, amounts to a real albatross, serving as a magnet for all the old clichés and prejudices on this side of the continent about the so-called “East”.

But the fracture within European doesn’t begin and end at the dividing line the Berlin Wall once marked out. Only a few months ago, the German Chancellor was basking in the praise of the business press which lauded her for her tenacity in introducing painful but necessary reforms. Today she is being lambasted by many for her reluctance to sign up to massive deficit spending as a way out of the economic downturn. In the past, political wiseacres used to say: “Europe is when everyone agrees and Germany pays”. But those days are over, and when it comes down to it, Merkel is being criticised for doing exactly the same as everybody else – namely, putting national interests first and then, if possible, attending to Europe.

An equally serious and revealing development in European opinion and the business press is the recovery of the term PIGS to define the group of countries formed by Portugal, Italy, Greece and Spain. The acronym used in the 1990s to refer pejoratively to the countries in the south of Europe, in theory incapable of developing healthy economies and meeting the convergence criteria required to enter the euro, had fallen out of use in the wake of the economic boom years (especially when France and Germany ran into serious problems in meeting the same criteria). But it has returned with a vengeance, revealing a psychology which indicates there is still a long way to go.

Some commentators have argued that this crisis has vindicated the centrality of states. That may be, but unfortunately many of them do not seem up to the task at hand. It might be difficult for European capitals to accept, but European institutions have been doing a much better job, something demonstrated by the financial rescue package recently approved by various European credit institutions (EIB & EBRD) for Eastern Europe. Maybe our institutions should be left to get on with things; that especially applies to the European Commission, forced by Europe’s capitals to keep a low profile and stay off the radar almost entirely, despite being the guarantor of European interest. [email protected]

This article was published in El País on 2 March 2009.

(English Translation)

Translated from Spanish by Douglas Wilson

De cumbres, muros y ‘cerdos’

Ayer domingo, los Veintisiete se reunieron en una cumbre extraordinaria convocada por la presidencia checa para tratar de suavizar las tensiones generadas en las últimas semanas por las acusaciones de proteccionismo cruzadas entre varios socios. Significativamente, unas horas antes de la cumbre oficial, nueve países de Europa central y oriental se reunieron en la Embajada polaca en Bruselas para coordinar sus posiciones y hacer visible su malestar con los miembros más antiguos de la UE. Ambas reuniones, fuera de calendario y sin objetivos concretos, son una prueba más de hasta qué punto esta crisis está debilitando los mimbres más delicados que sostienen la integración europea.

Entre las declaraciones más desafortunadas de las últimas semanas han estado las de Nicolas Sarkozy exigiendo que las ayudas al sector del automóvil no acabaran en terceros países, pero también el premier británico, Gordon Brown, ha tenido su momento de gloria con su apelación xenófoba reclamando trabajadores británicos para los trabajos británicos. E incluso en España hemos tenido un episodio de “compre español” a cargo del ministro de Industria.

Cuando están a punto de cumplirse 20 años de la caída del muro de Berlín, provoca verdadera inquietud comprobar hasta qué punto la unificación de Europa está incompleta y, sobre todo, cuán lejos están las “solidaridades de hecho” que los padres fundadores de la Unión reclamaron el 9 de mayo de 1950.

En 2003, coincidiendo con las disputas en torno a la guerra de Irak, Jacques Chirac, entonces presidente de la República Francesa, tuvo la ocurrencia de mandar callar a los nuevos socios de Europa central y oriental. Las palabras de Chirac reflejaban bien las reticencias de París ante los nuevos socios, excesivamente liberales y proestadounidenses para el gusto francés. La imagen de Francia en la región se resintió profundamente, y eso que históricamente París fue para muchos una referencia política y cultural de primer orden. La llegada de Nicolas Sarkozy hizo pensar que las cosas podían cambiar: su ascendencia húngara, un cierto liberalismo económico y una actitud distinta ante Washington ofrecían señales imposibles de ignorar. Lamentablemente, el déficit de percepciones entre las dos Europas no se ha cerrado, sino que se ha agravado por la concatenación de las presidencias francesa y checa de la Unión Europea, que ha desembocado en un verdadero choque de egos institucional.

El contrapunto a la inoportunidad francesa lo ha puesto el presidente checo, el euroescéptico Václav Klaus, en un sonado discurso ante el Parlamento Europeo la semana pasada en el que cargó contra la Unión Europea comparándola con la extinta Unión Soviética. Klaus, afamado negacionista del cambio climático, se ha convertido en una especie de Hugo Chávez europeo, un histrión del ultraliberalismo. Pese a que no tenga ninguna responsabilidad ejecutiva, Klaus pesa como una losa porque hace de imán de todos los tópicos y prejuicios existentes en este lado sobre el llamado Este.

Pero la fractura intraeuropea no acaba en la divisoria que marcaba el muro de Berlín. La canciller alemana, que hace unos meses era admirada y homenajeada por todos los medios económicos por su tenacidad a la hora de introducir unas reformas tan dolorosas como necesarias, es hoy vilipendiada por muchos por su reticencia a secundar la vía del déficit masivo para salir de la crisis. En el pasado, se decía: “Europa es cuando todo el mundo se pone de acuerdo y Alemania paga”. Pero esos tiempos ya han pasado y en el fondo, Angela Merkel está siendo criticada por hacer lo mismo que todos los demás: poner primero los intereses nacionales y luego, si fuera el caso, los de Europa.

Igualmente grave y revelador es el rescate en medios económicos y de opinión europeos del término PIGS para definir al grupo formado por Portugal, Italia, Grecia y España, que nada casualmente significa también cerdos. El acróstico, usado en los noventa para referirse peyorativamente a los países del sur de Europa, en teoría incapaces de tener unas economías saneadas y cumplir los criterios de convergencia necesarios para acceder al euro, había desaparecido al calor de la bonanza económica de los últimos años (especialmente mientras Francia y Alemania se encontraban con importantes problemas para cumplir esos mismos criterios), pero ha vuelto ahora con una fiereza que revela una psicología en la que quedaban algunas importantes cuentas pendientes por saldar.

Se ha dicho que esta crisis reivindica la centralidad de los Estados. Es posible, pero desgraciadamente muchos no parecen estar a la altura. Aunque les pese a las capitales, las instituciones europeas lo están haciendo mucho mejor, como se ha puesto de manifiesto en el paquete de rescate financiero para el Este recientemente aprobado por varias instituciones de crédito europeas (BEI y BERD). Quizá deberían dejarlas hacer, especialmente a la Comisión Europea, forzada por los 27 Gobiernos a mantener un perfil bajo, casi invisible, a pesar de ser la garante del interés europeo.

Publicado en El País el 2 de marzo de 2009

 

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Head, ECFR Madrid
Senior Policy Fellow